“30 años sin George Cukor” (Javier Cortijo)


Javier Cortijo / hoycinema

Si hubiera que resumir la vida de George Cukor en un tuit (y así tal vez interesar a algún despistado), los 140 caracteres volarían en un suspiro: «Aunque homosexual declarado, el mejor director de mujeres. También le echaron de Lo que el viento se llevó en marcha.Oscar por My fair lady». Puede que, con suerte, se adjuntara una foto, la mítica reunión de noviembre de 1972 en la que compartían mesa y mantel, agárrense, Wilder, Hitchcock, Wyler, Mamouilian, Wise, Mulligan y Buñuel. Porque fue Cukor quien tuvo el detalle de invitar y ser el anfitrión del cineasta de Calanda en Hollywood, donde no ponía el pie en 28 años. Todo un caballero.

george-cukorDe hecho, su biógrafo Patrick McGillian se refería a él como homosexual gentleman of the old school, de los de exquisitos modales y discretamente alocadas fiestas en el quicio de piscinas de aguas turquesas. Pero no todo era placidez y glamour: su condición sexual le costó la silla de director en Lo que el viento se llevó. «¡Quiero ser dirigido por un hombre de verdad, no por un marica!», bramó el macho alfa Clark Gable recordando que, ese mismo año, el cineasta había osado estrenar Mujeres, una película sin una gota de testosterona en su reparto. TampocoCary Grant (precisamente Cary Grant) veía con buenos ojos que Cukor no ocultase más discretamente su homosexualidad, a pesar de que el bueno de Archibald Alexander Leach le debe media carrera gracias a esa sublime lección de esgrima sobre hielo que es Historias de Filadelfia (1940). No era Cukor, amamantado artísticamente por Isadora Duncan y Ernst Lubitsch a partes iguales, tipo con pelos en la lengua, ni siquiera consigo mismo: «En realidad, no sé si soy muy hábil contando historias, prefiero los personajes», confesó. Y, en fin, para no ser muy habilidoso, La dama de las camelias (1936), Luz que agoniza (1944), La costilla de Adán (1949) o Ha nacido una estrella (1954) no le quedaron tan mal. Sobre todo, teniendo en cuenta los tijeretazos de la censura, y las zancadillas de las productoras, que sufrió a lo largo de toda su carrera (sin ir más lejos, en España tuvimos que esperar 60 años hasta que la Filmoteca estrenó Ha nacido una estrella como Dios manda). Como remate, Something’s got to give(1962), que podía ser su llave definitiva para la zona VIP de Hollywood, también tuvo que suspendida, aunque acabó estrenándose de mala manera, ante la repentina muerte de su protagonista: Marilyn Monroe.

Pero no todo iba a ser mal fario: en 1964, Cukor tocó al fin el cielo con My Fair Lady, mágica adaptación del Pigmalión de Bernard Shaw que logró ocho Oscar y los elogios de un joven francés llamado Jean-Luc Godard. ¿Qué creen que tiene más mérito? Con la estatuilla en la cómoda, y los deberes por fin hechos y subrayados, Cukor se lo tomó con calma en las siguientes décadas: se divirtió con José Luis López Vázquez en Viajes con mi tía (1972), hizo historia al dirigir la primera coproducción entre Estados Unidos y Rusia (El pájaro azul, 1976), y cerró su generosa filmografía en 1981 con Ricas y famosas (debut de una casi adolescenteMeg Ryan), haciendo un guiño a sus Mujercitas (1933) y, de paso, a sí mismo medio siglo atrás. El 24 de enero de 1983 fallecía en Los Ángeles, tal vez recordando sus lejanos pero intensos días de vino y rosas o, más probablemente, cuando se quedaba embobado de niño ante las gansadas de Max Linder o los monumentos de D. W. Griffith. Y eso que, en aquellos años, «despreciaba el cine». Quizá ese es el truco.

“10 cosas que tal vez no sepa sobre Kirk Douglas” (Javier Cortijo)


Javier Cortijo / ABC

-Aunque nació en Nueva York, su verdadero nombre es Issur Danielovitch Demsky, ya que sus padres Jacob y Byrna, ambos rusos, llegaron a Estados Unidos en los primeros años de siglo XX, huyendo de un Moscú en llamas. El título de su autobiografía, «El hijo del trapero» (1988), procede del oficio que tuvo que adoptar su padre porque «a los judíos les estaba prohibido trabajar en las fábricas en aquella época».

-Celebró su Bar Mitzvah (rito judío de iniciación a la madurez) dos veces: a los 13 y a los 83 años, como gesto de arrepentimiento por no haber practicado lo suficiente el judaísmo durante su madurez.

-Sus escasos 175 centímetros de estatura le hicieron utilizar alzas y plantillas en numerosas ocasiones. Una vez, su habitual compañero de reparto (coincidieron hasta en siete películas, casi todas del Oeste), aunque nunca amigo, Burt Lancaster las descubrió y difundió durante un rodaje, lo que provocó la ira de Douglas.

-Su ídolo declarado fue el presidente Harry S. Truman, aunque asistió en persona al funeral de Ronald Reagan (junto a otros actores como Charlton Heston, Tom Selleck y Arnold Schwarzenegger) el 11 de junio de 2004. También es amigo íntimo de Jimmy Carter. Su afinidad demócrata le provocó numerosas discusiones con John Wayne, republicano convencido.

-Estuvo a punto de subir en el avión privado del productor Michael Todd, que sufrió un accidente en 1958, falleciendo todos sus ocupantes. También se libró in extremis la esposa de Todd: Elizabeth Taylor. En 1991 sobrevivió a un accidente de helicóptero en el que murieron dos personas.

Kirk Douglas

-En «Acorralado» (1982), iba a interpretar al Coronel Trautman, pero finalmente renunció porque los productores se negaron a aceptar su propuesta de que John Rambo falleciera al final del filme, como sucede en la novela original. Por culpa de ello, tuvimos que sufrir tres secuelas más de la saga (de momento).

-A finales de los 80, ganó 50.000 dólares por pronunciar una única palabra en un anuncio japonés: «Café». Además, en inglés. Respecto al tabaco, fue un fumador empedernido, pero cortó de cuajo sus tres cajetillas diarias en 1950, cuando su padre falleció a los 72 años de cáncer de pulmón.

Rechazó los papeles que interpretaron William Holden en «Traidor en el infierno» (1953) y Lee Marvin en «La ingenua explosiva» (1965), y por los que ganaron sendos Oscar. También rehusó producir la adaptación cinematográfica, aunque él mismo la había interpretado sobre el escenario, de «Alguien voló sobre el nido del cuco», dejando que se encargara su hijo Michael, con lo que se le escapó un nuevo Oscar. Finalmente, obtuvo uno honorífico en 1996, recibiendo durante la gala el homenaje de Spielberg por su apoyo a Dalton Trumbo durante los años de la «caza de brujas».

-Puso la voz al vagabundo Chester J. Lampwick en el episodio «El día que murió la violencia» (1996) de la séptima temporada de «Los Simpson», una de las series favoritas de Stanley Kubrick, a quien aupó al principio de su carrera y al que acabó odiando casi a muerte tras el rodaje de «Espartaco» (1960), en la que hizo doblete como actor y productor.

-El 9 de diciembre de 2006 declaró: «Me llamo Kirk Douglas. Tal vez hayas oído hablar de mí. Si no… búscame en Google. Soy el papá de Michael Douglas y el suegro de Catherine Zeta-Jones. Hoy cumplo 90 años y, en mi caso, llegar a esta edad no es solo especial sino milagroso».

«Lolita» cincuentona y «Garganta profunda» cuarentona (Javier Cortijo, ABC)


Javier Cortijo, ABC

Hoy cumplen años dos de las películas más controvertidas, atrevidas y exitosas de las últimas décadas

En 1962, el cine tenía nombre de mujer: Cleopatra, Baby Jane, Juana de Arco, Elektra, Ana Sullivan, Mamma Roma… Pero ninguna como Lolita (o Lo por la mañana, o Lola con pantalones, o Dolly en la escuela, o Dolores cuando firmaba, ya se sabe). Era cuestión de tiempo que un tipo como Stanley Kubrick agarrara firmemente la novela de Nabokov y, en su línea, la hiciese suya, a pesar de contar con el autor ruso como guionista oceánico (el «tocho» que le entregó fue de unas 400 páginas de eslora). Pero Kubrick tenía ganas de celebrar la ruptura del contrato que le unía a Kirk Douglas y, de paso, despejar los fantasmas homófilos de su anterior película, «Espartaco», que le había catapultado a la élite de Hollywood y le había dado carta blanca para hacer lo que se le antojase.

Ni Olivier, ni Brando, ni Grant, ni Flynn

Y se le antojó «Lolita». Tras podar y suavizar el tono pedófilo de la obra maestra de Nabokov para que la tijera de la censura y la losa de los exhibidores no cayesen a plomo (subieron la edad de la protagonista de los 12 a los 14 años), Kubrick y su productor James B. Harris se centraron en encontrar un Humbert Humbert idóneo después de que James Mason rechazara el papel por un compromiso previo en Broadway y Cary Grant casi les abofeteara de pura indignación cuando se lo propusieron. Laurence Olivier, Peter Ustinov, David Niven, Marlon Brando, un moribundo Errol Flynn y hasta Noel Coward declinaron la oferta y, cuando la situación empezaba a ser desesperada, Mason acudió al rescate y aceptó un papel que le daría un espuelazo a su irregular carrera.

800 nínfulas

Con Shelley Winters y Peter Sellers como contrapuntos más o menos extravagantes, y que aportaron la dosis de humor necesaria para aliviar demasiadas tensiones sexuales, quedaba pendiente la principal papeleta: elegir a Lolita. Tras un casting de 800 chicas, la agraciada fue Sue Lyon, quien aportaba las dosis justas de candidez y despertar sexual para no pasarse o no llegar en el intento (los censores procuraron acentuar sus incipientes pechos para que resultara más «normal» que un hombre maduro se sintiera atraído por ella). Una dualidad que cristalizó, nunca mejor dicho, en la imagen del cartel, gracias a que el fotógrafo Bert Stern compró en una gasolinera unas gafas de plástico con forma de corazón que se convertirían en icono rápidamente.

El rodaje, presidido por la clásica mano de hierro de Kubrick, fue un particular tormento para la joven Lyon, que tuvo que aguantar a un picarón Peter Sellers haciéndole fotos a la altura de los tobillos entre toma y toma, y al propio Kubrick exigiéndole que tuviese cuidado al montar a caballo para que no se lastimase su bello rostro, ignorándola por completo nada más acabar su trabajo. Al menos, el esfuerzo mereció la pena, ya que la actriz ganó el Globo de Oro a la mejor promesa, e inmediatamente la fichó John Huston para «La noche de la iguana», aunque su carrera no llegó a cuajar (como curiosidad, Eloy de la Iglesia contó con ella en 1973 para «Una gota de sangre para morir amando», filme que contó con José Luis Garci como guionista). Tras caer en la droga, acabó retirándose del cine en 1985, culpando al filme de Kubrick de su mala estrella.

A pesar de tales dificultades, «Lolita» obtuvo buen rendimiento en taquilla tras su estreno el 12 de junio de 1962, reforzó el estilo (aquí fue la primera vez que introdujo una escena en el cuarto de baño, uno de sus sellos venideros) y la reputación de Kubrick para encarrilar proyectos cada vez más personales y geniales y, medio siglo más tarde, sigue quedando como una de las historias de amor más patéticas y desgarradoras de Hollywood.

Garganta profundamente rentable

Y si «Lolita» marcó una época, ¿qué decir de «Garganta profunda»? Rodada en seis días en Miami, y con un presupuesto de 20.000 euros (financiado por oscuras organizaciones relacionadas con la mafia), el filme tampoco estaba predestinado a ser más que uno de tantos subproductos X que alimentaban los cinuchos neoyorquinos, y que Gerard Damiano, director nacido y curtido en el Bronx y que solo había asomado la cabeza más allá de la clandestinidad con documentales didácticos sobre la vida conyugal sana, producía en cadena.

Sin embargo, éste tenía la particularidad de que su protagonista era una prostituta metida a actriz con fama de no hacer ascos a nada (incluyendo la zoofilia) llamada Linda Lovelace, quien contó a Damiano su peculiar habilidad en el arte oral de la «garganta profunda». Y éste, ni corto ni perezoso, ideó un delirante argumento sobre una mujer con una extraña mutación que le había recolocado el clítoris al fondo de la garganta, por lo que su vida sexual estaba, como quien dice, «en boca de todos». Un empujoncito del mismísimo Hugh Hefner desde su cuartel general en la mansión Playboy hizo el resto.

Según relata el documental «Inside Deep Throat», el auténtico boom llegó cuando el 12 de junio de 1972 el filme pasó a proyectarse en cines más comerciales, lo cual provocó un escándalo de dimensiones extraordinarias y que involucró al presidente Richard Nixon (que curiosamente caería en el caso Watergate por culpa de otra «garganta profunda»). El que realmente pagó el pato fue el actor principal, Harry Reems(en realidad un ayudante de iluminación que había sustituido al protagonista a última hora por 100 dólares de nada), condenado a cinco años de carcel. Una sentencia que finalmente fue anulada ante la presión popular y de estrellas como Jack Nicholson o Warren Beatty.

Lovelace, antiporno

El resultado fue una lluvia de dinero (se dice que acabó recaudando 500 millones de euros al cabo de los años) que provocó que Damiano creara la productora Bryanston Distributing, y financiara cintas igual de exitosas como «La matanza de Texas». Peor le fue a Lovelace, incapaz de desencasillarse, lo que le llevó a renegar del filme declarando que le habían obligado a hacerlo a punta de pistola. Falleció en 2002, a los 53 años, en un accidente de tráfico, pero su agridulce vida sigue fascinando a Hollywood, como lo prueba su biopic, «Lovelace», actualmente en postproducción, y con Amanda Seyfried como protagonista y James Franco en el papel de Hefner. En fin, «Lolita» y «Garganta profunda», dos películas, cuatro rombos y un destino: no dejar indiferente a nadie.

“Lolita” (Stanley Kubrick, 1962) en IMDB
“Garganta profunda” (Gerard Damiano, 1972) en IMDB

“Nader y Simin, una separación”, por Javier Cortijo


Javier Cortijo (http://criticasdejavier.blogspot.com/)

Historia de una escalera
Hasta hace unos años, la mayor garantía de una película iraní era, precisamente, parecer iraní. Una perogrullada como otra cualquiera que Asghar Farhadi, el Ozu persa, lleva cargándose con filmes como éste que lanza guiños musísticos a«La familia Savages», «Kramer contra Kramer» o el drama al dente de Moretti (magistral Sareh Bayat) sin que aparezca ninguna niña que acaba de perder sus zapatos de segundo pie. Todo, gracias a una historia demoledora y concéntrica a partir de una anécdota (una mujer embarazada pierde a su hijo al ser empujada escaleras abajo por un pobre hombre desbordado) que vuelve del revés algunos tópicos y miserias universalísimos, demostrando que el hombre es una hiena para el hombre. El final, de los de nudo en la garganta y pinzamiento en el alma.

“Vincent Price, el siglo de las sombras” (Javier Cortijo)


Javier Cortijo / ABC

Se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los iconos del cine de terror

Para algunos era el genuino «chico Poe» en aquellas góticas y algo salomónicas adaptaciones filmadas por Roger Corman en los años 60. Para otros, la tenebrosa y rapera voz en off del «Thriller» de Michael Jackson («Darkness falls across the land / The midnite hour is close at hand / Creatures crawl in search of blood / To terrorize yawls neighbourhood»). Y, para los últimos en subirse el vagón de cola del cine fantaterrorífico, el gepettiano mad doctor de ese chico-ostra triste, solitario y con manicura atroz llamado Eduardo Manostijeras ideado por la cabeza borradora y despiojada de Tim Burton.

Tres caras del miedo, tres, que pertenen a un mismo actor, Vincent Price, quien vino a este mundo un 27 de mayo de 1911 en St. Louis y cuyo primer papel, curiosamente, fue el de defensor de la ley y el orden sobre las tablas londinenses en «Chicago» (no confundir con el musical, por supuesto) allá por 1935. Mas pronto el gusanillo terrorífico se le metió en los huesos y ya nunca le abandonó, a pesar de que, como su mentor Boris Karloff, también intentó probar suerte en otros géneros más «convencionales», pero como si quieres arroz, Catalina. La huella de los mitos terroríficos marca tan a fuego que es casi imposible escapar de su embrujo y estigma. Él mismo lo reconocía en 1986: «He participado en 110 películas y solo 20 han sido de terror; sin embargo, son las que han permanecido en la memoria colectiva».

El mundo de las tinieblas
Y precisamente Price dio sus primeros pasos en el mundo de las tinieblas al lado del gran Karloff en «La torre de Londres» (1939), pero sus inquietudes artísticas e intelectuales (atesoraba una formación exquisita en bellas artes, antropología o gastronomía) le llevaron a diversificar su talento con películas dispares como «La canción de Bernadette», «Las llaves del reino», «Wilson», «Laura» o uno de sus mayores éxitos, la fascinante y borrascosa «El castillo de Dragonwyck» (1946), de un novato Joseph Leo Mankiewicz, donde compuso a un atormentado Nicholas Van Rynn que recuerda al Roderick de la Casa Usher. Pero, a partir de los años 50, su quijotesca, irónica y pérfida presencia le convirtió en un icono señorial del cine fantástico post-Universal. Y, a pesar de seguir interviniendo en cintas como «Mientras Nueva York duerme» o hasta «Los diez mandamientos», la tipografía de su nombre aumentaba de tamaño en filmes como «Los crímenes del museo de cera», «El mago asesino», «La mansión de los horrores» o «Escalofrío».

En esto llegamos al punto clave de su carrera: mientras en Inglaterra la productora Hammer se decantaba por la sangre nada fácil de vampiros en celo con Christopher Lee como estandarte (que no estaca), en Estados Unidos la American International Pictures de Roger Corman tiraba de clásicos populares y elegía a Price para liderar, con una mano huesuda en el mármol de Palas y otra en el de Minerva, el carruaje luciferino de «La caída de la Casa Usher», «El péndulo de la muerte», «Historias de terror», «El cuervo» o «La máscara de la muerte roja». Posiblemente fueron sus mejores años y sus más recordados trabajos en el género. Tanto que, tras unas gotas de desengrasante paródico («La comedia de los terrores», «Doctor G y su máquina de bikinis»…) intentó sacudirse su hechizo poco a poco.

Balas de plata
Afortunamente, en la recámara aún quedaban algunas buenas balas de plata («El abominable doctor Phibes») antes de lanzar sus últimos brindis al sol (la crepuscular y conmovedora «Las ballenas de agosto», con Bette Davis y Lillian Gish) y a la luna («Eduardo Manostijeras»). Finalmente, en un frío día de finales de octubre de 1993, el telón carmesí cayó sobre «El maestro de lo macabro», «El comerciante de la amenaza» o «El villano exquisito», título (nobiliario, claro) éste con el que José Manuel Serrano Cueto ha bautizado su segundo y aún caliente libro sobre Vincent Price (el primero, también publicado por T&B, fue «El terror a cara descubierta»). Sirva su lectura (junto a otros actos promovidos en Estados Unidos por su hija Victoria en el felizmente llamado «Vincentenario»), como inmejorable homenaje local a su gigantesca figura y legado. Y si lo es contemplando, desde alguna ventana esmerilada, una buena tormenta preveraniega con latigazos de rayos y truenos en el horizonte, mejor que mejor.