Dallas Buyers Club. “Reinventarse o morir” (Juan Carlos Rivas Fraile)


Juan Carlos Rivas Fraile / Mundo Obrero

Cuando los lectores de Mundo Obrero lean esta reseña habrá transcurrido ya un tiempo desde que uno de los actores nominados a los Oscar de este año tendrá en su poder la estatuilla. Y a nadie le extrañará llegado el momento si se trata de Matthew McConaughey por su papel en esta cinta biográfica, lo que comúnmente llaman biopic. Aunque los señores de la Academia norteamericana bien podrían haberle nominado y premiado –pero no hicieron ni lo uno ni lo otro- el año pasado por su trabajo en la igualmente excelente Mud, de Jeff Nichols, un relato con delicioso aroma a Mark Twain en el que McConaughey nos cogió desprevenidos y borró de un plumazo la imagen que de él teníamos de actor chulesco y pinturero no apto para papeles de enjundia. Lejos de eso, como si este hombre hubiera decidido arrancarse una careta definitivamente, en Dallas Buyers Club ratifica que está dispuesto a lo que sea, incluso a adelgazar 23 kilos, para demostrar que merece la mejor de las consideraciones profesionales. En cuanto al Oscar, la competencia siempre es dura, y aunque mi favorito es McConaughey, no me sorprendería que Chiwetel Ejiofor, por su dolorido 12 años de esclavitud o incluso el gran Bruce Dern de Nebraska se hubieran llevado el gato al agua.

Pese a que, como decimos, Dallas Buyers Club se basa en un personaje y hechos reales, algo tan del gusto de la industria norteamericana, la historia que han urdido los guionistas, aun inserta en la corriente épica de luchas individuales contra enfermedades terminales, tiene suficientes capas en el tratamiento aplicado por el director canadiense que la enriquecen y confieren un notable interés, más allá de las alabanzas que ha cosechado por la interpretación de su protagonista.

Todo en la trama parece abocar a los espectadores a pasar dos horas de pesadilla de la mano de un personaje que ya en su aspecto físico inicial, extremadamente delgado, anticipa que sufre de SIDA. Sin embargo no se trata de una película particularmente agobiante. Estamos en 1985; Ron Woodroof, el vaquero pendeciero, drogadicto y repulsivamente machista y homófobo que encarna McConaughey, entabla un combate contra su sentencia de muerte, que los médicos inicialmente consideran aplazada a treinta días, empapándose de información sobre todos los recursos médicos y farmacológicos existentes para salir vencedor de él. Ello le lleva a enfrentarse con la máxima autoridad administrativa de su país, la FDA, la Agencia de Drogas y Medicamentos, que regula, consiente o prohíbe el uso de todo tipo de sustancias. Convencido de que los tratamientos médicos oficiales son más nocivos que beneficiosos, Woodroof se dedica a importar por sus propios medios y de lugares remotos un conjunto de compuestos con los que elabora un cóctel farmacológico que prueba ser eficaz en el alargamiento de la vida de muchos afectados por la enfermedad provocada por el VIH. Con proverbial instinto emprendedor y la ayuda de un transexual (atención a la impresionante transformación de Jared Leto, que también podría ser recompensada con el Oscar) crea el Club de compradores de Dallas al que hace referencia el título original. Se trata de una singular asociación, con ánimo de lucro por parte de quien la dirige, cuyos miembros pagan una cuota fija por recibir los medicamentos que el sistema de salud no les proporciona. Una vez más, la burocracia enemiga del interés común y los tortuosos caminos para sortearla y conseguir si no salvar al menos prolongar la vida.

Marc Vallée pone más énfasis en ese enfrentamiento con la administración y los intereses de la industria farmacéutica que en el desigual combate que libra el protagonista contra el fatal destino, aunque ambas batallas sean paralelas. Evita recrearse en los aspectos penosos de la degradación física y se limita a dar las pinceladas imprescindibles. También muestra con total sencillez y naturalidad la evolución ideológica del personaje en su relación con los homosexuales y en particular con su amigo Rayon (Jared Leto), su rehabilitación moral. Mensaje, pues, de tolerancia hacia el diferente que el filme trasmite sin ningún molesto subrayado ni paternalismo. Los episodios luctuosos están tratados con el inevitable dramatismo, pero con delicadeza, sin que la película se deslice por la pendiente lacrimógena que le acecha. En esa discreción de que hace gala el director, todos los peligros se sortean para mantener un virtuoso equilibrio, unas gotas de humor por aquí, de rabia por allá, de conflicto político más al fondo, sin excederse en ningún aspecto que pudiera parecer oportunista. Ni siquiera cuando el personaje apunta las maneras de seductor que McConaughey tantas veces ha dibujado en la pantalla: prohibido pasarse ni un solo centímetro de la raya.

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