“Novelistas con sabor a Hollywood” (Camilo de los Milagros)


“No se puede rehacer la realidad – le dijo -. Tómala como viene. No cedas terreno y tómala como viene” Philip Roth, Elegía

Dos autores norteamericanos contemporáneos simplifican -si es posible el término- lo que hemos aprendido algún día sobre Estados Unidos en sus películas. Ese país al tiempo terrible y maravilloso, despierta admiración y odio. Grandeza y miseria. Genialidad y superficialidad. Deslumbramiento y náusea.

portada-ciudad-veintisiete_grandeDe algo pueden enorgullecerse los autores norteamericanos: disfrutan una originalidad impecable, que nos perturba por lo menos desde ese muchacho Gabo plagiando a Faulkner, la misma época cuando Cortázar quedó deslumbrado con Lovecraft, cuando Hemingway o Dos Pasos despistaban adolescentes ingenuos en los cafés de Buenos Aires y Medellín. Que sí, que lo nuestro es “mirar al norte”, como dijo un Presidente que además fue mediocre escritor.

Hay dos autores en antípodas muy similares, en opuestos casi idénticos, abrumando el espectro literario del país del norte. Son Philip Roth y Jonathan Franzen, posiblemente los novelistas estadounidenses más laureados, premiados, reputados, leídos, de las últimas décadas adentro de su país. Afuera también. Sus obras trascienden, según la crítica, hasta esa categoría tan ambigua de la “gran literatura”.

El asunto es que Roth y Franzen, que ejercen una prosa soberbia y brillante distanciándose en todo (temas, recursos, ritmo narrativo, formalismos, gustos personales, hasta edad generacional) al final resultan tan semejantes que dejan el sabor, no de haber leído uno autores muy distintos, sino de estar presenciando dos películas diferentes de un mismo director.

Philip Roth es a la novela lo que el drama a Hollywood: historias lentas, abundantes de detalles, con personajes que se vierten cada línea desnudando sus pasiones más triviales, sus conflictos más inútiles y frívolos, sus gustos sexuales reprimidos, arropados por una minucia tan demoledora como sincera, que consigue describir los tópicos del estilo de vida americano a la perfección: el consumismo, el vacío existencial, el individualismo extremo, el sentimiento patriótico, la soledad. Son persnajes valientes a pesar de todo. A Roth lo acusan con razón de llevar medio siglo haciendo cada año la misma novela con nombre diferente, recreando la vida de los judíos en la costa este, recreándose a sí mismo en cada página, al fin, un lienzo de la miseria afectiva que abunda en los Estados Unidos, ese país tan rico en todo lo demás.

Jonathan Franzen, autor del medio oeste, es el equivalente literario de la película de acción. Con “Ciudad 27”, la que fuera consagración ante la crítica, éste joven pájaro reproduce una trama de locura cargada de tiroteos, intrigas, complots y personajes deshumanizados, compulsivos y violentos, que introducen el caos en la ciudad de Saint Louis de un modo muy planificado. Caos planificado, concepto que define la historia de los Estados Unidos desde Vietnam. Es muy norteamericana, pero sobre todo muy Hollywoodesca, aquella situación incontrolable donde al final, todo desemboca al desenlace previsto por el autor. Se excede Franzen con las persecuciones de autos, las explosiones, la acción brutal y al tiempo eficaz de la policía, combinadas con la trama de especulación, millones de dólares sucios que bailan en la novela. Muy gringa la cuestión, que mantiene con los pelos de gallina hasta el suspiro final, por demás, inesperado.

¿Qué es lo que acerca a estos novelistas, con preocupaciones tan distantes y estilos contradichos? Dos cosas: su sabor cinematográfico, la sensación de estar ante un relato que merece varios premios Oscar, pero más que eso, les acerca la conciencia del declive.

La clave está en el sentido de realidad que tienen sus obras, anunciadas en la decadencia de una potencia antaño próspera y poderosa. Sus novelas son un canto al derrumbamiento de los Estados Unidos, una radiografía de la ruina, vista desde la humanidad de sus gentes, desnaturalizadas en unas narraciones donde los sujetos pierden las definiciones morales, para ser no más que seres dentro de una fuerza centrífuga que los absorbe, que los estropea, pero nunca que los hace felices. Por fortuna, ni Roth, ni Franzen aprendieron con Hollywood los finales felices.

Es de agradecer pues, que los autores se sacudan el fardo más pesado que les impone la nación donde crecieron: rechazan ambos los estereotipos de buenos y malos, de héroes y antihéroes, de ganadores y perdedores, justo para que el lector descubra que son escritores auténticos, sinceros, capaces de convertir la más frívola y superficial de las patrias en objeto de literatura. De gran literatura, para ser más preciso.

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