“Sin palabras” (Roberto Cueto)


Roberto Cueto-El blog del Festival

El título de este post tiene que ver con The Artist, pero no porque esté boquiabierto ante todos los premios que se ha llevado este fin de semana (algo que ya se sospechaba desde hace tiempo, visto el Premio del Público en San Sebastián y  la recepción que está teniendo la película en todas partes);  lo de “sin palabras” viene porque, pensando en el sorprendente hecho de que el gran acontecimiento cinematográfico del año haya sido una película en blanco y negro y muda, he empezado a recordar otras películas sonoras mudas. No tiene por que ser algo contradictorio: en la época del cine mudo no escuchábamos las voces de los actores debido a un simple problema tecnológico, pero los intertítulos de estas películas ponen en evidencia que el cine quería hablar. Sin embargo, en plena época del sonoro hubo cineastas con ideas claras (y algunos muy cabezotas) que optaron por suprimir los diálogos y reducir la banda sonora de sus películas a música y sonidos. En algunos casos se trataba de recuperar cierta inocencia del cine mudo (como hace The Artist), pero en otros la operación obedece más bien a la voluntad de contar un relato sin necesidad de recurrir al diálogo. La oferta es variada y más amplia de lo que podríamos pensar, pero aquí os dejo algunas de mis favoritas, ahora que parece que las películas mudas vuelven a ponerse de moda.

I. Sería bien bonito que el gran éxito de The Artist sirviera como excusa para descubrir las películas de Pierre Etaix, clown, guionista y cineasta que trabajó con Jacques Tati, Robert Bresson, Nagisa Oshima o Jerry Lewis. Sus películas han estado ocultas durante bastante tiempo debido al litigio que Etaix mantenía con la distribuidora que poseía sus derechos, lo que motivó una petición de 16.000 firmas (entre ellas las de Godard y Woody Allen) en apoyo del cineasta . Como buen mimo (y alumno de Jacques Tati), Etaix confiaba en los gestos, las miradas, la música y los sonidos para desarrollar su surrealista sentido del humor. Por cierto, que a Etaix lo pudimos ver por partida doble en la última edición del Festival: haciendo de médico en Le Havre y haciendo de sí mismo en Carrière 250 metros, el documental dedicado a su amigo Jean-Claude Carrière, quien escribió los guiones de algunas de sus películas. Aquí tenéis uno de los cortometrajes de Etaix.

II. El espía, dirigida por Russell Rouse, es una auténtica rareza en el contexto del cine americano de los años 50: una típica película producto de la paranoia anti-comunista que ofrece la peculiaridad de estar filmada sin una sola línea de diálogo.  ¿Es posible hacer una película de espías sin diálogo? Cierto es que la trama no es tan complicada como una novela de John Le Carré, seamos honestos: en realidad se limita a contar la angustia de un científico que vende secretos de estado a los soviéticos y es perseguido por el FBI, hasta llegar a un emocionante clímax en el Empire State Building. Un veterano de Hollywood, Ray Milland, prestó su cuerpo y rostro (que no su voz) a esta tensa historia de suspense cuya banda sonora se basa exclusivamente en la fuerza de los sonidos y la música.

III. Interludio japonés. En 196o, Kaneto Shindo (famoso por sus magníficas películas de terror Onibaba y Kuroneko) rodó La isla desnuda, el relato de una familia que habita una pequeña isla del Mar de Seto, un paraje inhóspito en el que no hay agua. Shindo no precisó tampoco de diálogos para mostrar las duras condiciones de vida de sus tenaces personajes ni su dura  rutina acarreando agua desde una isla cercana, aunque tuvo como grandes aliados  los sonidos de la naturaleza y  la música de Hikaru Ayashi.

IV. Hablando de japoneses, no hay que olvidar que el grandísimo Toshiro Mifune también puso toda su desbordante gestualidad al servicio de otra película donde el diálogo brillaba bastante por su ausencia. En Infierno en el Pacífico, Mifune era un marino japonés de la II Guerra Mundial que ha naufragado en una isla donde solo hay otro habitante: un soldado americano interpretado por Lee Marvin. Ni que decir tiene que Mifune y Marvin se dedican a hacerse la vida imposible durante todo el metraje sin que ninguno sepa hablar el idioma del otro, por lo que los escasísimos diálogos de esta brillante e intensa parábola sobre el absurdo de la guerra se reducen a imprecaciones, insultos y canciones con las que vencer la soledad de la jungla.

V. La versión apocalíptica y futurista de Infierno en el Pacífico se titula Kamikaze 1999 y la dirigió en 1983 Luc Besson. Otra película un tanto marciana para su época, ya que estaba rodada en blanco y negro y sin apenas diálogo. Besson presentaba un mundo futuro devastado por la guerra en el que se enfrentaban dos personajes sin nombre: el Hombre y el Bruto (Jean Reno en uno de sus primeros papeles). Aquí está el tráiler y más abajo, L’Avant Dernier  el cortometraje previo de Besson que dio origen al film.

VI. Mel Brooks, cineasta famoso por su manía de parodiar cualquier género y especialmente recordado por El jovencito Frankenstein, también se atrevió a rodar una película totalmente muda en plena década de los 70. La última locura contaba con la colaboración de estrellas de la época como Paul Newman, Burt Reynolds, James Caan o Liza Minnelli. Todos ellos accedieron a no decir ni mú en una cinta que homenajeaba el clásico slapstick de la época muda y que ahora merece un redescubrimiento  más que nunca. ¿Dije totalmente muda? Bueno, en realidad hay un actor que sí habla en la película, el único de todos ellos: el mimo Marcel Marceau, famoso por no articular palabra en sus actuaciones…

VII. Y para el final queda el que menos presentación necesita: Jacques Tati. El radical proyecto de Tati, totalmente a contracorriente de su tiempo, partía de la fe ciega en que  todavía posible era posible recrear la primitiva belleza de los gags del cine mudo, aunque ahora podían verse amplificados gracias a un inteligente empleo del sonido. El diálogo en Tati nunca servía para comunicar gran cosa, era un ruido más, mero atrezzo que no debía entorpecer la grandeza de un estilo visual basado en un sentido muy preciso de lo que debe durar un plano. El cine sonoro mudo también tiene sus maestros.

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