“De Harry el Sucio al Sucio Hoover”


José Manuel de Pablos / Rebelión

Clint Eastwood vuelve a sorprender. Deja patente una vez más aquel siniestro síndrome de Hollywood de hacer películas para el gran público –sin importar la calidad, sino la taquilla–, para en la madurez artística y económica hacer películas de alta calidad, que sirven también al gran público y tampoco se resisten a la taquilla, aunque en esta ocasión deja de ser lo más deseado.

Lo ha vuelto a hacer el director Clint Eastwood, autor además de la música de la película J. Edgar, la producción que desnuda a aquel fascista norteamericano que fundó el FBI. El mismo J. Edgar Hoover que desde la distancia telegrafió al dictador Francisco Franco la idea tenebrosa de la creación de una ficha policial personal de todos los ciudadanos: en la España franquista se denominó DNI y en la España felipista –que no socialista– por obra de aquel ministro-de-la-patada-en-la-puerta se pasó a llamar Número de Identificación Fiscal, NIF. Nada tenía que ver con el fisco o Hacienda: se entendía ‘fiscal’ en su acepción pura de ‘público’, esto es, número de identificación … de todo público, con intereses policiales. En EEUU todavía no lo han conseguido, ni en Inglaterra, donde no ha dejado de haber poder que lo ha intentado sin éxito.

En su película, Clint Eastwood tira por tierra la historia oficial de un héroe nacional, J. Edgar Hoover, ansioso de poder total, que echaba a la calle al agente que lograba la gran detención y le evitaba el protagonismo, que hacía lo mismo con el agente que llevaba bigote y que en esta biopic vamos entendiendo poco a poco su historia de amor imposible… Viendo a un individuo corrupto (“Cuando pierdo a las carreras me devuelven el dinero…”), que gozaba espiando a políticos y parentelas en su vida íntima, siempre con un archivo secreto dispuesto a sacar a la luz si sus caprichos no llegaban a buen puerto.

La película muestra los últimos atisbos de respeto de la legalidad y los muros legales contra los que se iba topando este personaje, muros que derruía poco a poco, que se asomaba al balcón a la llegada de cada nuevo presidente y sentía que aquel clamor callejero era por él, que patrocinaba cómics en los que aparecía como héroe, más allá de la verdad, como su amante le dice ya al final de su vida, antes o después de que el déspota fundador del FBI le eche en cara a aquel ser acabado y amado que nunca ha sido capaz de cocerle bien los huevos del desayuno y que mejor es quedar a cenar en la mesa reservada del restaurante de cada noche.

Este falso héroe del imaginario norteamericano, con el que se ha atrevido el nuevo Eastwood, queda tan bien fotografiado que es posible que los actuales agentes de la oficina federal se sientan avergonzados al ir cada mañana a trabajar en el edificio que lleva el nombre del siniestro individuo, aquel fascista para el cual, por ejemplo, las palabras ‘radical’ y ‘comunista’ eran una sola: ‘radicalcomunista’, cuando tuvo el gozoso tiempo, para él, de perseguir a quienes mantenían posiciones políticas diferentes a las del gobierno. Lo suyo era disponer de listas de nombres a quienes perseguir, más allá de que tuvieran culpa alguna o fueran simples sospechosos de pensar de forma diferente, de ir a por ellos fuertemente armados, aunque fueran personas sin armas, más allá de la palabra, como se aprecia en el allanamiento de una imprenta.

Es la foto del poderoso que no duda en deportar al ciudadano que piensa por sí mismo, aunque tuviera su misma nacionalidad.

Todo esto, ¿ha de extrañar a alguien? En el fondo, este ‘espíritu de Hoover’ se ha visto en la historia reciente en la Alemania nazi y en la España franquista, con hooverianos como aquel Melitón Manzanas. Es el mismo espíritu que fluye en tantos comportamientos del Pentágono, en la propia esencia de los crímenes de la CIA, en las torturas de la cárcel de Abu Ghraib o en el presidio de Guantánamo ése que iba a cerrar el premio nobel de la paz que ahora gobierno en el imperio.

Entonces, la película no es que desenmascare a un fascista gubernamental enrocado a lo largo del mandato de ocho presidentes USA, sino que refleja el capítulo cero después de la ‘caza de brujas’ de Macarty, que sigue con las tropelías de los diferentes gobiernos de la Casa Blanca, con las actividades clandestinas de la CIA en todo el planeta, con los vuelos clandestinos de las cárceles camufladas de la CIA con parada en aeropuertos españoles (Palma y Los Rodeos), con el campo de concentración de Guantánamo, la zona ocupada de isla de Cuba. J. Edgar Hoover fue un gran maestro y llenó el mundo de hijos. Hoover vive.

José Manuel de Pablos es Catedrático de la Universidad de La Laguna (Tenerife) – jpablos@ull.es

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