“Una mujer una pistola y una tienda de fideos chinos” (Zhang Yimou, 2011), por Roberto Cueto


Roberto Cueto / edicionescaiman

A estas alturas ya debería estar claro que la filmografía de Zhang Yimou, tan dada a gestos inesperados, no parece tanto un síntoma de oportunismo o pérdida de rumbo como demostración de un constate proceso de prueba y error. Al fin y al cabo, en estos veinte años en que hemos seguido su obra, ha pasado del realismo (aunque nunca tan adusto como el de Chen Kaige o Tian Zhuang-zhuang) al lujoso espectáculo escapista, sin olvidar inescrupulosas incursiones en e melodrama o el estilo “digitalista” de la llamada Sexta Generación. Al igual que Steven Spielberg (o Woody Allen  antes de volverse perezoso), Zhang demuestra una maniática fijación por encontrar un estilo específico para cada historia que cuenta. Así se explica que Una pistola, una mujer y… busque adherirse a los códigos de cierta cultura popular china-la ópera de Beijing, pero también al cine de Hong Kong- y los repliques con tal fidelidad que acabe tirando piedras contra su tejado.

Fotos del film

Plantear un remake chino del film de los hermanos Coen Sangre fácil (1984) tiene algo de descabellado, pero también podría indica cierta fe en la universalidad de los relatos, Zhang, sin embargo, enfatiza el localismo de su versión recurriendo a populares estrellas televisivas de su país cuya comicidad no es de este meridiano. En cierta forma, la experiencia del publico español ante este film sería la misma que la de un espectador de Shangai ante una película de los Morancos: la de contemplar a gente rara haciendo cosas extrañas.  El plano perfectamente compuesto con un gesticulante bufón en su interior desvela irresoluble conflicto entre el dialectalismo de cierto ingredientes y aquel esperanto de la puesta en escena que defendía Rivette: por un lado el histrionismo de los actores, el humor de trompazos y caídas o los zooms, grandes angulares y forzados contrapicados; por otro, la irónica y sabia manera de filmar esos alucinantes paisajes de western, la precisa y elegante ejecución de ciertas escenas… Poe eso Una pistola, una mujer y una tienda de fideos chinos resulta más interesante cuando se queda callada y se entrega a largos bloques narrativos sin diálogo cuyo espíritu de cartoon (heredado, por supuesto, de los Coen) es remarcado por la hipersensibilización acústica que provoca su obsesivo empleo del sonido. El resultado puede sorprendernos o irritarnos, pero demuestra que Zhang sigue siendo feliz rodando, independientemente de lo que pensemos de él.

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