“Vincent Price, el siglo de las sombras” (Javier Cortijo)


Javier Cortijo / ABC

Se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los iconos del cine de terror

Para algunos era el genuino «chico Poe» en aquellas góticas y algo salomónicas adaptaciones filmadas por Roger Corman en los años 60. Para otros, la tenebrosa y rapera voz en off del «Thriller» de Michael Jackson («Darkness falls across the land / The midnite hour is close at hand / Creatures crawl in search of blood / To terrorize yawls neighbourhood»). Y, para los últimos en subirse el vagón de cola del cine fantaterrorífico, el gepettiano mad doctor de ese chico-ostra triste, solitario y con manicura atroz llamado Eduardo Manostijeras ideado por la cabeza borradora y despiojada de Tim Burton.

Tres caras del miedo, tres, que pertenen a un mismo actor, Vincent Price, quien vino a este mundo un 27 de mayo de 1911 en St. Louis y cuyo primer papel, curiosamente, fue el de defensor de la ley y el orden sobre las tablas londinenses en «Chicago» (no confundir con el musical, por supuesto) allá por 1935. Mas pronto el gusanillo terrorífico se le metió en los huesos y ya nunca le abandonó, a pesar de que, como su mentor Boris Karloff, también intentó probar suerte en otros géneros más «convencionales», pero como si quieres arroz, Catalina. La huella de los mitos terroríficos marca tan a fuego que es casi imposible escapar de su embrujo y estigma. Él mismo lo reconocía en 1986: «He participado en 110 películas y solo 20 han sido de terror; sin embargo, son las que han permanecido en la memoria colectiva».

El mundo de las tinieblas
Y precisamente Price dio sus primeros pasos en el mundo de las tinieblas al lado del gran Karloff en «La torre de Londres» (1939), pero sus inquietudes artísticas e intelectuales (atesoraba una formación exquisita en bellas artes, antropología o gastronomía) le llevaron a diversificar su talento con películas dispares como «La canción de Bernadette», «Las llaves del reino», «Wilson», «Laura» o uno de sus mayores éxitos, la fascinante y borrascosa «El castillo de Dragonwyck» (1946), de un novato Joseph Leo Mankiewicz, donde compuso a un atormentado Nicholas Van Rynn que recuerda al Roderick de la Casa Usher. Pero, a partir de los años 50, su quijotesca, irónica y pérfida presencia le convirtió en un icono señorial del cine fantástico post-Universal. Y, a pesar de seguir interviniendo en cintas como «Mientras Nueva York duerme» o hasta «Los diez mandamientos», la tipografía de su nombre aumentaba de tamaño en filmes como «Los crímenes del museo de cera», «El mago asesino», «La mansión de los horrores» o «Escalofrío».

En esto llegamos al punto clave de su carrera: mientras en Inglaterra la productora Hammer se decantaba por la sangre nada fácil de vampiros en celo con Christopher Lee como estandarte (que no estaca), en Estados Unidos la American International Pictures de Roger Corman tiraba de clásicos populares y elegía a Price para liderar, con una mano huesuda en el mármol de Palas y otra en el de Minerva, el carruaje luciferino de «La caída de la Casa Usher», «El péndulo de la muerte», «Historias de terror», «El cuervo» o «La máscara de la muerte roja». Posiblemente fueron sus mejores años y sus más recordados trabajos en el género. Tanto que, tras unas gotas de desengrasante paródico («La comedia de los terrores», «Doctor G y su máquina de bikinis»…) intentó sacudirse su hechizo poco a poco.

Balas de plata
Afortunamente, en la recámara aún quedaban algunas buenas balas de plata («El abominable doctor Phibes») antes de lanzar sus últimos brindis al sol (la crepuscular y conmovedora «Las ballenas de agosto», con Bette Davis y Lillian Gish) y a la luna («Eduardo Manostijeras»). Finalmente, en un frío día de finales de octubre de 1993, el telón carmesí cayó sobre «El maestro de lo macabro», «El comerciante de la amenaza» o «El villano exquisito», título (nobiliario, claro) éste con el que José Manuel Serrano Cueto ha bautizado su segundo y aún caliente libro sobre Vincent Price (el primero, también publicado por T&B, fue «El terror a cara descubierta»). Sirva su lectura (junto a otros actos promovidos en Estados Unidos por su hija Victoria en el felizmente llamado «Vincentenario»), como inmejorable homenaje local a su gigantesca figura y legado. Y si lo es contemplando, desde alguna ventana esmerilada, una buena tormenta preveraniega con latigazos de rayos y truenos en el horizonte, mejor que mejor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s