“Einstein, el LSD y el batiburrillo” (Javier Cortijo)


Aparte de convertir en tridimensionales las gafas de Tim Burton, «Alicia en el País de las Maravillas» ha inspirado a multitud de artistas, científicos, teóricos psicodélicos y gente inquieta a lo largo de 140 años
En el memorable «testimonio» consagrado a su regomeya figura en «La hora chanante», la dualidad artística de Tim Burton era definida a las mil maravillas con un «yin/yang» inesperadamente poético: por un lado, una mariposa multicolor y amable y, por otro, una polilla negra e inquietante. Con esas gafas bifocales viene contemplando la vida el autor de «Eduardo Manostijeras» desde que fue arrojado de los protectores brazos, o directamente ubres, de la Disney hace un par de décadas por ser «demasiado terrorífico para las audiencias jóvenes» con su corto «Frankenweenie», que ahora anda engordando a formato largometraje. Y como el mundo es un pañuelo, ha vuelto al redil para «remaquear» uno de los hitos animados de la factoría y, de paso, acercar a la audiencia 3D una de las obras cumbre de la literatura juvenil (o literatura a secas): «Alice’s adventures in Wonderland», texto publicado en 1865 (y continuado en 1871 con «A través del espejo y lo que Alicia encontró allí») por el reverendo, fotógrafo de tiernas sensibilidades y profesor de matemáticas Charles Lutwidge Dodgson, más conocido por simpatizantes y admiradores como Lewis Carroll.


«El auténtico logro de su literatura es que apela a un elemento inconsciente que existe en todos nosotros, y que se materializa en los sueños y las visiones surrealistas que pueblan sus páginas. Todos tenemos un Sombrerero Loco o una Reina Roja en nuestra retina, por lo que captar ese material de nuestro imaginario colectivo y volcarlo al cine fue todo un reto», comenta Burton. Tal vez por ello no han abundado las inmersiones en el País de las Maravillas por parte del Séptimo Arte, e incluso de la pequeña pantalla, y mucho menos las que se han atrevido a dotar de carne y hueso a sus alucinantes personajes: la última fue una producción televisiva británica de 1999 con diseño de Jim Henson y Whoopi Goldberg como memorable Gato de Cheshire. Aunque quizá el más desopilante intento llegó en clave de filme musical argentino dirigido por Eduardo Plá en 1976 y que, por suerte, sólo duraba 73 minutos. Por supuesto, la que pasa el corte (aparte de algunas fantasías animadas japonesas) es la versión disneyana, que justamente el año que viene cumplirá 60 tacos llenos de lozanía y birlibirloque cartoon.
«En las películas anteriores siempre se retrató a Alicia como una niña pasiva e intrascendente que vive una serie de aventuras con personajes extravagantes. Mi intención fue tomar la idea de los cuentos y convertirla en una historia que no se ajusta literalmente al contenido del libro, pero que conserva su espíritu», señala Burton, que siguiendo esta tesis eligió a una desconocida y «talludita» (los 20 años ya no los cumple) actriz australiana llamada Mia Wasikowska para encarnar a Alicia.
Criaturas de Burton
Y es que, en el fondo, el espíritu de «Alicia en el País de las Maravillas» tiene el poso amargo del fin de fiesta que supone el paso de la infancia a la madurez, un submundo titubeante y delirante que Burton puebla con sus propias criaturas referenciales, desde los aliens de goma de «Mars attacks!» a la troupe desubicada de «Ed Wood», pasando por los oompa loompas de «Charlie y la fábrica de chocolate» cual orugas de Absolem o los entrañables feriantes de «Big Fish». Todo el totum revolutum burtoniano impregnado por el espíritu de Carroll, vaya. Algo que, desde luego, no es ninguna novedad. Y es que el universo caleidoscópico de Alicia lleva fascinando a tirios y troyanos desde su nacimiento.
Empezando por los aficionados a los capirotazos y puyazos satíricos y las greguerías victorianas. No hay que olvidar que el texto de Carroll contiene numerosas alusiones irónicas sobre sus propios amigos, así como reflexiones ácidas alrededor de aspectos políticos y pedagógicos de la sociedad británica de la época. Capítulo aparte merecen los brillantes juegos formales y folclóricos protagonizados por personajes como Tweedledum y Tweedledee (a los que Bob Dylan dedicó la canción inaugural de su primer discazo del siglo XXI «Love and theft») o Humpty Dumpty, que recita uno de los poemas sin sentido más célebres de todos los tiempos, «Jabberwocky», traducido al esperanto y al latín (total, ¿pa qué?) y perla cultivada para culturetas de ayer y hoy, desde Terry Gilliam a Matt Groening. También la curiosa y opiómana tribu de los psiconautas tienen a la obra de Carroll como una de sus biblias particulares. De hecho, Albert Hofmann, descubridor del LSD, era también adicto a los pozos cuánticos descritos en sus páginas.
Incluso, rizando el rizo, la huida hacia el absurdo y el azar propuesta por Carroll ha sido interpretada por científicos de ayer y de hoy como anticipo a Einstein y su Teoría de la Relatividad (recuérdese la «carrera del Caucus» o el reloj que marca las horas y los años del Sombrerero Loco) y como apología de los postulados psicoanalíticos y psiquiátricos que dan cancha a la locura creativa. Y todo por un cuentecito que Carroll escribió en una sola noche como regalo para las tres niñas, hijas y hermanas del decano del Trinity College de Oxford donde daba clases. A ver quién se atreve a cortarle la cabeza.

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