“El cine como herramienta histórica”


Oscar Ranzani / Página 12
La muestra organizada por el Incaa incluirá, desde hoy, documentales vinculados con la temática de los derechos humanos. Entre otros films, se proyectarán Sr. Presidente y Un claro día de justicia. En este último aparece el testimonio de Jorge Julio López.

Cuando Miguel Osvaldo Etchecolatz, director de Investigaciones de la Policía Bonaerense entre 1976 y 1979, fue condenado, el 19 de septiembre de 2006, por delitos de lesa humanidad, se abrió una nueva página en la historia argentina. La Justicia, tantas veces cercana a los militares de turno, y otras tantas cuestionada en democracia, había cumplido un rol ejemplar. Uno de los grandes verdugos de la dictadura fue a parar a la cárcel. Durante ese juicio, la Comisión por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires decidió realizar un registro audiovisual. A esa tarea estuvieron abocadas Ana Cacopardo e Ingrid Jaschek, integrantes de la comisión. “Con esa idea comenzamos a filmar desde el primer día del juicio, pensando en un registro que, en algún momento, podía llegar a ser un documental, pero no con la inmediatez con que se hizo finalmente”, señala Jaschek. La realizadora se refiere –obviamente– a lo que sucedió días antes de la sentencia: la desaparición de Jorge Julio López, que incrementó la necesidad de mostrar un documental que expresara el sentido reparatorio que tenía el juicio para familiares y víctimas pero que también diera cuenta del primer desaparecido en democracia. El documental se titula Un claro día de justicia y se exhibirá en el ciclo “Cine por la Memoria, la Verdad y la Justicia” que se desarrollará entre hoy y el martes 23 de este mes. Organizada por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), la muestra se completa con otros largos y cortos documentales, como parte de las actividades impulsadas por el Instituto, a casi 34 años del golpe de Estado. Los films se exhibirán en el Espacio Incaa Km 2-La Máscara, Piedras 736 (ver recuadro).

El film se estructura sobre la base de las imágenes de las audiencias del juicio, de las inspecciones judiciales en centros clandestinos denunciados en esa causa, y focaliza sobre tres protagonistas: Jorge Julio López, Nilda Eloy y Chicha Mariani. Eloy relata cómo fue su secuestro y muestra en una de esas inspecciones un calabozo de 1,50 metro por 2,30 metros, que estuvo cerrado durante varios días con siete personas en su interior. De Chicha, se percibe ese espíritu de lucha, ya que sigue buscando inclaudicablemente a su nieta, Clara Anahí, apropiada durante el ataque de un grupo de tareas a la casa de su nuera y su hijo. “Lo veo al comisario Etchecolatz con el rosario en la mano y yo le quiero decir que, en lugar de besar el rosario, alivie su conciencia diciendo dónde está Clara Anahí, porque él sabe”, señaló Chicha en el juicio.

“Lo grave para la sociedad argentina es que, cuatro años después, nosotros no pudimos cambiar el final de este documental. Yo soñaba con que pudiéramos cambiarle las placas de cierre y no es así: López sigue desaparecido”, denuncia Cacopardo, que rescata el valor de las imágenes que muestran a López no sólo testificando en las audiencias sino también brindando datos en las inspecciones judiciales en centros clandestinos donde estuvo secuestrado. Las imágenes de López declarando y hablando con los otros testigos cobran un valor simbólico muy potente pero también son un documento histórico concreto, teniendo en cuenta su posterior desaparición. En ese sentido, Cacopardo señala que esas imágenes, “en su momento, tuvieron un sentido muy fuerte que era despejar esa hipótesis que indicaba que López estaba perdido, como que se pudo haber extraviado, buscando dejar de lado cualquier hipótesis de desaparición vinculada con el hecho político. Se lo ve lucidísimo”. Y Jaschek también cree que tienen un valor simbólico para las nuevas generaciones, ya que es difícil “hablarles de lo que pasó en los, ’70 y de las desapariciones, que les parece casi San Martín. Hay una distancia muy grande con la figura del desaparecido. Nosotros trabajamos mucho con estudiantes para realizar el documental. Y verlo a López vivo, comprender a esa persona que estaba hablando y que estaba contando, que luego desapareció y que ya no esté, desde ese lugar también toma un valor simbólico muy fuerte”.

El otro documental que integra el ciclo es Sr. Presidente, de las periodistas cordobesas Eugenia Monti y Liliana Arraya. “Cuando el Equipo Argentino de Antropología Forense empezó a trabajar en las fosas clandestinas del cementerio San Vicente, de Córdoba, y en consecuencia, a identificar los restos de desaparecidos, nos conmovió mucho”, relata Monti. A partir de entonces quisieron “contar quiénes habían sido estas personas que habían desaparecido, y contar sus historias”. Pero cuando comenzaron a investigar, se toparon con un expediente de la Justicia Federal sobre entierros clandestinos. “Y en ese expediente apareció como prueba documental la carta de unos morgueros que trabajaban en la Morgue Judicial en la época de la dictadura”. En esa carta, los trabajadores de la Morgue Judicial de Córdoba le escribieron al dictador Jorge Rafael Videla, denunciando las malas condiciones de trabajo que padecían como, por ejemplo, la falta de equipamiento adecuado. En el escrito también relataban cómo generaba condiciones de insalubridad el aumento de cadáveres en los frigoríficos de la morgue. “Es muy impresionante porque describían con lujo de detalles cómo en heladeras donde entraban doce cadáveres, tenían que amontonar cientos, y cómo trasladaban los cuerpos al cementerio y los enterraban en una fosa común”, relata Monti.

Lo asombroso del asunto es que estos trabajadores no sabían que esos cuerpos eran de desaparecidos, y después de enviar la carta a Videla, todos quedaron cesantes. “Eran épocas en las que preguntar poco era vivir mucho”, comenta con sinceridad y a la distancia José Adolfo Caro, uno de los morgueros que firmaron esa carta y parte de quienes durante las noches tenían que dar paladas de tierra en fosas comunes para cubrir los cuerpos (que, en su mayoría, llegaban como NN), mientras los iluminaban las luces de las ambulancias y de los coches de la policía. El documental se completa con la inserción de un discurso poco difundido de Videla en el Tercer Cuerpo del Ejército, de imágenes (actuales al momento de realizar el documental) de las fosas comunes, y con ficcionalizaciones de momentos clave de lo que se va relatando, sin recurrir a la voz en off.

El tercer largo documental que integra el ciclo es Nosotras que todavía estamos vivas, del director italiano Daniele Cini, que registró el juicio que la II Corte de Roma realizó a los genocidas argentinos (ausentes en la capital de Italia) y que el 14 de marzo de 2007 terminó condenando a cadena perpetua a Jorge “Tigre” Acosta, Alfredo Astiz, Jorge Vildoza, Antonio Vañek y Héctor Febres. Pero el enfoque del cineasta fue muy particular ya que registró las audiencias y tomó testimonio únicamente a mujeres: ex secuestradas que relatan su supervivencia en la ESMA, y familiares, como la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, que cuenta la historia de su hija desaparecida, Laura, y emociona cuando relata su primer día en la Plaza de Mayo y cómo se produjo su acercamiento con la institución que preside.

El testimonio de Norma Berti, sobreviviente de la ESMA, sintetiza el horror cotidiano sufrido por los 30 mil desaparecidos. La ex detenida–desaparecida relata que, en la cuarta sesión de tortura que padeció, pidió agua porque sentía que se estaba deshidratando, “una sed devoradora”, según la definió. Entonces, uno de los torturadores le dijo: “No te doy agua porque si te la doy, te morís”. Desesperada, Berti le expresó: “No me importa, deme agua”. Y el torturador le respondió: “Ah, no, nosotros decidimos cuándo tenés que morir”.

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