“Lo poco mordedor, o el suplicio de Benicio” de Javier Cortijo


ABC

Al subgénero licantrópico le pasa un poco como al dramaturgo Tristan Bernard, que un día paró en seco un coche fúnebre, como hacía John Wayne con las diligencias, y confundiéndolo con un taxi preguntó al conductor: «¿Está libre?». Vamos, que son ganas de complicarse la vida y meterse en la boca del lobo, nunca mejor dicho. Porque, desde que le hizo enseñar la patita con garbo en 1935 con «El lobo humano» (proyecto que, si no lo hubiese rechazado Karloff, otro gallo le cantaría al filón) hasta ahora, el cine sólo ha explorado la faceta embrujada y anecdótica de tan ancestral mito, sin ahondar en las fuentes literarias regadas por Algernon Blackwood o Hermann Hesse. Así, el bestiario resultante poco tiene que ver con el de sus otros compis de la Capilla Sixtina terrorífica perfilada por la Universal: la elegancia brutal de Drácula y la torturada poética del despojo del monstruo de Frankenstein.
¿Qué ofrece el hombre lobo como alternativa? ¿Una criatura peligrosamente grotesca enfundada en harapos de deshollinador y presa de un chute desproporcionado de crecepelo y «red bull»? Por algo nos sulibeya más «La mujer pantera» o hasta el Lobezno de «X-men».
Pese a todo, esta nueva versión clamaba, o aullaba, al cielo, sobre todo por la fase de cuarto menguante impuesta por los cachorrillos de «Underworld» y «Crepúsculo» o hasta la bufonada aquella de Jack Nicholson con patillas de Curro Jiménez. Así que Joe Johnston, para no pillarse las garras (humanas), ha vuelto a confiar en los parámetros de la Hammer (el pecho-lobo viejuno del desenlace -a lo mortal kombat pokemoníaco- es idéntico al postulado por Terence Fisher en 1960) y en un toque gótico-romántico más moderno y casi «emo». En cuanto a la siempre esperada metamorfosis, basta un escorzo de la genial «Un hombre lobo americano en Londres» y varias capas de maquillaje artesanal, y a trotar.
¿Y los actores? Pues un Benicio del Toro fiel heredero de Lon Chaney (pero no junior sino senior, véanse los aspavientos cuando descubre el cadáver de su hermano), un Anthony Hopkins bufando cual odre yámbico, una Emily Blunt que pasaba por ahí y, los mejores, nuestra Gerarda Chaplin estilo Una O´Connor cañí y un Hugo Weaving como príncipe de las tabernas y no cavernas. Que una cosa es introducir la cabeza entre las fauces y otra cosquillear la nuez del bicho para provocar guillotina fina. ¿Entretenida? Sí, pero menos lobos.
(Por cortesía de Javier Cortijo)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s