“Los Ángeles y el Cine” (Javier Cortijo)


Javier Cortijo (Críticas, crónicas y columnas)

Vivir y rodar en Los Ángeles

Entradilla: “Crash” fue uno de los cuadernos de bitácora más intensos e interesantes de Los Ángeles, uno de los microcosmos a los que el cine se ha acercado con mayor pasión y devoción
Casuchas apiladas igual que viejas cajas de zapatos, mansiones resplandecientes como transatlánticos en la noche, carreteras multiplicadas y ahogadas en su artrosis de asfalto, casco histórico con la cara de Mickey Mouse, playas anabolizadas y atrofiadas, tiendas caras, prostituras baratas, sueños regalados, instantáneas de Max Yavno contempladas desde el culo de un vaso de licor indescifrable… Los Ángeles siempre se ha movido con más comodidad a 24 flashes que a 24 fotogramas por segundo. Quizá por eso, y porque es complicado ser profeta en tu tierra, al Séptimo Arte le ha tirado más cambiar de costa y plantar la cámara en la más cinematográfica Nueva York. Pese a ello, la plétora de películas memorables localizadas en L.A. es portentosa. Documentales como “Los Angeles plays itself” (2003), de Thom Andersen, son una buena brújula para trazar un mapa peliculero de una ciudad “donde la realidad y la ficción se hacen un embrollo”, según su autor. Tampoco está mal echar una visual al reportaje que “Los Angeles Times” publicó hace unos años sobre las 25 mejores películas “angelinas” del último cuarto de siglo. Lista encabezada, cómo no, por la gran “LA Confidential” y cuyo broche de oro es, precisamente, “Crash”.
Contrariamente al caso de otras megápolis, Los Ángeles no permite verter una sola visión ni perspectiva sobre sus ciento y muchos kilómetros de eslora. Por supuesto, en la edad de oro de los estudios proliferaban películas sobre los cantos, y desencantos, de sirena de su barrio más carismático: Hollywood. Las diversas versiones de “Ha nacido una estrella”, “Cantando bajo la lluvia” o “El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard)” le sacaban la cera de las orejas al “american dream” más flagrante. Mientras, en la otra acera, guiñaban y silbaban algunas obras maestras del género negro (“El sueño eterno”, “Perdición”, “El cartero siempre llama dos veces”…), al tiempo que se construían algunos mitos en sus esquinazos (“Rebelde sin causa”) y se derrumbaban otros (esquinazos, no mitos) con el aluvión de ciencia-ficción destrozona (“La guerra de los mundos”, “La humanidad en peligro”…).

collateral“Collateral” de Michael Mann


Durante los años 60, mientras Lumet, Schlesinger o Cassavetes empezaban a componer agridulces sinfonías neoyorquinas, Los Ángeles también gozaban de su ración de bebop con perlas como “¿Qué fue de Baby Jane?”, “El valle de las muñecas” o “El graduado”, aunque la que mejor supo plasmar el glamour con olor a queroseno de las malas calles angelinas fue “Chinatown” (1974), de Polanski. Los bailes de “Grease” o “Shampoo”, los temblores de “Terremoto” y “Carrie” o los “regomeyos” de “El síndrome de China” y “Hardcore” también tuvieron como marco incomparable a la última cuna de los Clippers. Pero sería en los 80 cuando el pico despuntaría gracias a dos películas tan radicalmente opuestas como carismáticas: en un rincón, el recorrido galopante por las avenidas y callejones más funkies y gamberretes de la ciudad en “Superdetective en Hollywood” y, en otro, la eléctrica y húmeda visión de la ciudad futura imaginada en los ojos replicantes con lágrimas de rayos C de “Blade runner”.
Quizá gracias a la maravilla de Ridley Scott, Los Ángeles adquiere un sello de inmortalidad agrandado por otros fogonazos igual de imborrables que van llevando año tras año, convirtiendo a la ciudad en un “aleph” de hormigón donde encontrarse, por ejemplo, a Barton Fink poniendo a secar sus pesadillas en un hotel mutante y mutando, a Karated Kid y Freddy Krueger dando, más que puliendo, cera para regocijo de la muchachada, a Mel Gibson haciendo el cabra con sus interminables armas letales, a Bruce Willis ídem de ídem con sus junglas de cristal (por cierto, el edificio donde se rodó, el Fox Plaza en pleno Downtown, conserva en su recepción una placa conmemorativa y en su ático un restaurante giratorio), a “Los chicos del barrio” impartiendo justicia poética en South Central, a Bukowski-Mickey Rourke encadenado a hipódromos y barras de garitos en “El borracho” (como haría Matt Dillon en “Factotum” años después y, en menor medida, Colin Farrell y Salma Hayek con “Pregúntale al viento”, biopic de otro escritor maldito con sangre californiana, John Fante), a Julia “Pretty Woman” Roberts saqueando boutiques en Rodeo Drive, a Bob Hoskins intentando descubrir quién engañó a Roger Rabbitt, a “Ed Wood” vistiendo de angora y plasticorro los estudios más casposos de los años 50, al Gran Lebowski sembrando su anarquismo de bolera… Todo un gran angular de la ciudad que se atrevió a mostrar al “diablo vestido de azul” y de reclutar a la “brigada del sombrero” en la época donde estaba más de moda llevar la gorrilla rapera mirando a Cuenca.

barton_fink
“Barton Fink” de Joel Coen


Llegados a este punto, no estaría de más preguntarse quién ha sido el moderno bardo “extraoficial” de Los Ángeles, como Woody Allen o Scorsese lo han sido de la Gran Manzana. ¿Quizá Robert Altman, que adaptó y cruzó mejor que nadie el sonido Carver en “El juego de Hollywood”? ¿David Lynch con sus visiones peligrosas vertidas en sumideros de deslumbrante pesadilla como “Carretera perdida”, “Mullholland Drive” o “Inland Empire”? ¿Tal vez Tarantino y su jungla salvaje en “Jackie Brown” y “Pulp fiction”? ¿Paul Thomas Anderson con su “Grand Canyon” (otro título legendario del cine angelino, con ese arranque a golpe de contraataque de los Lakers en la época de transición de Nick Van Exel), a todo rendimiento en “Boogie nights” y “Magnolia”? ¿O incluso nuevos talentos como Alex Holdridge, capaz de escudriñar mágicos y antropológicos rincones más allá del Paseo de la Fama y el Teatro Chino con “Buscando un beso a medianoche”? Imposible no incluir en tal selecta nómina a Paul Haggis, que con su fulminante “Crash” recorrió pulgada a pulgada la geografía emocional de la ciudad, encima demostrando que, en el fondo, no es más que un pueblo donde todos se conocen y se reencuentran una y otra vez.
Precisamente el filme de Haggis parece que espoleó el interés por inmortalizar Los Ángeles, como demuestra el aluvión de películas que volvieron a plantar la cámara entre sus calles en los últimos tres o cuatro años: desde el noir clásico y serpenteante de “La dalia negra” al policiaco brutal e interracial de “Dueños de la calle” (ambos con la firma al rojo vivo de James Ellroy), pasando por las correrías adrenalínicas de “Crank”, los combates a lo Mazinger Z de “Iron Man” (como hiciera su antepasado “Rocketeer” casi veinte años atrás) o los inesperados trapicheos del mafiosillo Chili Palmer en “Be Cool” (el de “Cómo conquistar Hollywood”, recordemos). Incluso le salió competencia a la comedia neoyorquina abanderada por Allen con los novísimos cachorros de la camada de Judd Apatow, que emigraron en masa a la costa Oeste para filmar gansadas como “Virgen a los 40”, “Te quiero tío” o la reciente “Hazme reír”.
En fin que, aunque algunos “piernas” como Hancock intenten destruirla, otros la pongan en cuarentena (con sangre española transfundida de “REC”), otros la manden terremotos apocalípticos (“2013: Rescate en L.A.”), mares de lava (“Volcano”) o mil maldiciones mayas (“2012”), Los Ángeles seguirá siendo, al menos, la segunda capital del mundo y, con permiso de los japoneses, la meca y la ceca del cine. Así que lo mejor es subirse a un taxi y tirar millas y calles, como hacía Tom Cruise en “Collateral”. Pero, a poder ser, sin pistola y sin ese tinte.

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