“Mad Detective” (Johnnie To & Wai Ka-Fai, 2007), por Roberto Cueto


 

Roberto Cueto / CAHIERS DU CINÉMA ESPAÑA

Los habitantes del espejo

 

Desde una mirada superficial podría considerarse Mad Detective un título insólito en la carrera de Johnnie To y su viejo colaborador Wai Ka-fai como guionista y codirector. Al fin y al cabo es posiblemente su primer thriller con un elemento claramente fantástico como motor central de la trama: un inspector de policía posee una especie de “sexto sentido” que le permite ver con toda claridad las “posibilidades internas” de cada individuo. Un punto de partida arriesgado y extravagante que, sin embargo, To y Wai asumen con absoluta franqueza y sin rubor alguno ya desde el magnífico comienzo del film. En esos pocos segundos los directores ponen sus cartas sobre la mesa para invitar al espectador al juego, advirtiendo de paso que quién no esté dispuesto a seguir sus reglas es mejor que abandone la sala para buscar un thriller más domesticado. Porque Mad Detective es una película indómita, imprevisible y libre de prejuicios, puede que sombría y terrible en su contenido, pero alegre y espontánea en su forma.

¿Se puede hablar de “película fantástica cuando lo fantástico se inserta con tal conciencia de su cotidianeidad, cuando deja de ser un elemento extraño que cuestione la realidad para desvelarse como un ángulo que habíamos sido incapaces de percibir hasta ahora? Si Mad Detective viene a decirnos que todos somos criaturas fundamentalmente esquizofrénicas, la manera de defender ese argumento es de una sencillez aplastante, de una desarmante sabiduría infantil: hacer que un grupo de actores encarnen diferentes aspectos de la personalidad de un ser humano. En realidad, el procedimiento, por muy novedoso que sea, no resulta ajeno a la filmografía de To. Pensemos que nos hallamos ante un cineasta poco dado a la profundización psicológica a través de los procedimientos recomendados en todos esos manuales del buen guionista. En el cine de To esa percepción surge de otros matices, de la gesticulación, de la manera de moverse o coger una pistola, de la poderosa iconicidad de unas criaturas que nos emocionan por la inaprensible belleza de su superficie. No es raro entonces que, cuando el director se plantee filmar lo que está dentro de la cabeza de sus personajes, recurra a esa misma corporeidad, a la contundencia de una imagen estrictamente física y en absoluto simbólica. La película demuestra con fe ciega y pruebas persuasivas que todos llevamos dentro a un gordo glotón y a un niño asustado. Pocas escenas tan sorprendentes, lúcidas y convincentes encontraremos en el cine reciente como la de ese coche atestado con las diferentes personalidades de sus ocupantes.

Brillante ejercicio

El film no es más que otro brillante ejercicio digno de su realizador, sólo que con un exceso de casting. De ahí surge la brillante reescritura de la Dama de Shanghai (1946) que se plantea durante su socarrón clímax: si los personajes de Orson Welles se bifurcan en la sala de los espejos en alegoría de toda doblez, los de Johnnie To ya han quedado previamente desdoblados (incluso triplicados y cuadruplicados) cuando llegan a ese punto. Los espejos están superpoblados, prolongan un desgarro interno en una ofuscación infinita. To y Wai creen (o fingen creer) en una longitud de onda que sólo puede ser captada por su cámara desde cierta posición (cuando adopta el punto de vista de su protagonista), y aceptan el reto de filmar un tradicional relato policiaco desde esa inesperada perspectiva. Es por eso que terminan por regalarnos un film sencillamente inolvidable y también irrepetible.

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