“Norteamérica en capítulos” (Antonio Weinrichter)


ABC (ABCD)

El VI Festival Internacional de Documentales de Madrid, que se celebrará a principios de Mayo, ha organizado una retrospectiva sobre el gran director Frederick Wiseman.

La retrospectiva que dedicará Documenta a Frederick Wiseman tiene todos los caracteres de un acontecimiento, toda vez que la anterior ocasión en que se programó su obra se remonta al ciclo que le dedicó la Filmoteca Española en 1978.

Wiseman no ha cesado de rodar desde entonces. Nacido en Boston en 1930 (todavía vive, y se le espera en el festival madrileño para que imparta una master class), estudió Derecho y fue profesor de leyes, medicina legal e investigador en el departamento de sociología de una universidad: datos que explican el peculiar proyecto que anima su obra cinematográfica, que se presenta como un análisis en diversos capítulos de la sociedad americana a partir de sus instituciones. Él mismo dice que su obra es como una sola película de cincuenta horas de duración (ya decimos que es muy prolífico) y esa mirada sociológica que se superpone a la del cineasta es la que le da su particular coherencia, su rara condición sistemática.

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Innovación. Frederick Wiseman aparece asociado al cine directo, el movimiento que a partir de 1960 revolucionó -junto con el cinéma vérité francófono- el documental mundial. Se considera que nació como fruto de una innovación tecnológica: equipos más ligeros de 16 mm. permitían sacar la cámara a la calle con facilidad, la película de más velocidad dejaba rodar con menos luz y, sobre todo, lo que estos equipos conseguían era el poder grabar sonido e imagen sincronizadamente.

De esta posibilidad nació una estética de observación, de no intervenir en los eventos que se registran, que desde entonces forma parte del dogma documental. Pero Wiseman, que sigue siendo un purista de esta estética del directo, se separó de las pretensiones de objetividad absoluta de algunos compañeros, reconociendo que todo documental «es arbitrario, sesgado, tiene prejuicios, está comprimido y es subjetivo». Con lo que no quiere decir, como sus detractores afirman, que el proyecto documental es imposible o que todo documental cae del lado de la ficción (aunque él mismo prefiera para su cine el término de «ficciones de la realidad» que el de documental). Simplemente afirma la importancia que tiene el montaje como análisis retroactivo de ese elemento idealizado por la ideología del cine directo, el material en bruto de la realidad: durante el rodaje -comenta Frederick Wiseman-, no hay tiempo para analizar los diversos elementos que hacen que una secuencia sea «buena»; el montaje sirve para confirmar o desechar tu intuición original.

El otro aspecto fundamental de la estética de Wiseman es la puesta en escena. Basta citar la escena de High School en la que unos padres discuten la nota que ha recibido su hija, o esa otra en la que un estudiante recibe una bronca en un pasillo de su monitor: cámara en mano, pegado a los eventos que quiere documentar, logra la maravillosa impresión de que sus sujetos «sean» ellos mismos sin verse influidos por la cercanía de la lente; no cabe concebir una planificación mejor para sugerir la idea de una conversación «robada» según se está produciendo. Esta lección, la potencia comunicativa de este modelo, no la ha aprovechado sólo el documental; el cine de ficción, desde Cassavetes hasta Ken Loach, se nutre a partir de entonces de este concepto de realismo duro, observacional; y su correlato, que no todos entienden: la interpretación de los sucesos observados se deja al espectador.

A diferencia de muchos documentalistas que siguen el modelo del cine directo del estrecho seguimiento de un personaje o quizá una familia, la gran aportación de Wiseman es que su sujeto es siempre colectivo y su perspectiva múltiple. Y la suma de sus sujetos, la gran película que forman sus películas, tiene un diseño decididamente programático, el de un gran estudio de los diversos organismos que conforman el tejido social y muy especialmente institucional norteamericano. En el tour de force que forma el corpus de sus obras desde su debut en 1967 hasta 1980, Wiseman ha observado: una prisión para delincuentes mentalmente perturbados (en la demoledora Titicut Follies), una escuela superior (High School), un departamento de policía de Kansas City (Law and Order), un hospital neoyorquino (Hospital), el entrenamiento de reclutas en Fort Knox (Basic Training),un monasterio benedictino (Essene), un tribunal de menores de Memphis (Juvenile Court), un centro de asistencia social (Welfare), un centro de investigación sobre monos (Primate) y hasta una jornada en la vida de una top model (Model).

Denuncia. No siempre se contenta con los resultados de su primera observación: así ha realizado remakes, o más bien seguimientos en el tiempo, de películas anteriores suyas como las que hemos mencionado sobre la escuela superior y la seguridad social, sobre las agencias de publicidad y sobre el trato dispensado a los animales y a los seres humanos enfermos.

La diferencia es que llega un momento en que sus películas se hacen más largas: Near Death, por ejemplo, sobre una unidad de cuidados intensivos, dura seis horas. La voluntad política de denuncia que alimenta sus primeras películas (documentar las instituciones militares y policiales en plenos años de la contracultura, por ejemplo) se troca en una visión más amplia que aspira a registrar la complejidad -y las diferentes perspectivas en juego- de la conducta humana y las organizaciones que la canalizan. Es así como se ha convertido en el gran cronista de su país.

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