Sobre “The Missing”, por Roberto Cueto


Tren de sombras

¿Existe ya una “franquicia” Tsai Ming Liang? The Missing es la primera y única (por el momento) película dirigida por el actor fetiche de Tsai, Lee Kang-sheng, y si recurrimos al tópico de que el cine del director es un género en sí mismo, podría verse como una aportación más a tal “género” (género que incluso ya ha dado alguna que otra variación porteña: véase el film de Lisandro Alonso Fantasma para entender de qué estoy hablando). Como críptico actor forjado y formado en un sistema visual tan delimitado y contundente como es el de Tsai, parecía inevitable que Lee invocara a ese padre espiritual-mentor-protector en su devaneo detrás de las cámaras: los planos largos y estáticos, las composiciones simétricas, la renuncia a la música extradiegética, el trabajo con el fuera de campo y los márgenes del encuadre, la recurrencia a las canciones populares como eco fantasmagórico de un sentimiento que no consigue verbalizarse de otra manera… Todos esos elementos son puestos en práctica por Lee en The Missing sin ningún temor aparente a ser acusado de simple imitador o de vivir bajo a la sombra creativa del hombre que lo convirtió en actor. Incluso la autoconciencia de ser una pieza parasitaria dentro de la filmografía de Tsai queda bien puesta de manifiesto al plantearse una vinculación directa con la espléndida Goodbye, Dragon Inn (2003): el verdadero núcleo de la película son un anciano y un niño presentes in absentia a lo largo de todo el metraje, dos personajes que ya habían hecho una enigmática aparición en el previo film de Tsai. The Missing puede entenderse, pues, como apostilla, variación (en el sentido musical del término) o réplica que asume las reglas del juego, reglas en este caso no generadas desde dentro sino impuestas desde la creatividad ajena del maestro.

Siendo respetuoso, sin embargo, Lee tampoco es servil. Algunas de las soluciones que plantea son vueltas de tuerca al “estilo Tsai”. Puede hacer gala incluso de cierto integrismo: largos planos desde un remoto punto de vista de la anciana protagonista buscando a su nieto perdido en un parque, radicales tomas en teleobjetivo mantenidas con pulso implacable y constreñidas a un mecánico movimiento de cámara que se limita a corregir el encuadre; o un plano rodado a través del cristal de un acuario —recurso, por cierto, que también empleaba Takashi Miike en Ichi the Killer (2001)— que hace literal la mirada “de pecera” que Tsai lleva desarrollando en su cine desde hace años. En otros casos, se atreve a plantear un “qué pasaría sí…” y somete un plano de su protagonista a los peligros de la verbalización: un monólogo de la anciana hablando con su marido muerto es un exceso de dolorosa elocuencia que nos aproxima a una concepción más tradicional del cine, como si la excesiva distancia que se ha mantenido hasta el momento fuera compensada con ese acercamiento a la seguridad racional de la palabra. Pero la gran ironía es que no hay respuesta ni contraplano posible, como si Lee se diera cuenta de que tales estrategias dramáticas están aquí condenadas al fracaso: el interlocutor, sencillamente, no está, porque esta es una película sobre el diálogo imposible con aquellos que se han esfumado.

The Missing es una terrible y lúcida película que habla de cómo la gente desaparece en la vida y el cine, de cómo sale de campo sin que podamos hacer nada por evitarlo. Basta un corte de montaje, una elipsis o una corrección del encuadre para que alguien se convierta en presencia evanescente, en fantasma: el anciano es una figura borrosa entrevista entre los peces, al niño desaparecido ni siquiera hemos llegado a verlo al inicio de la película. La búsqueda en el encuadre se vuelve así frenética e inútil, como le ocurre a la pobre anciana que se mueve de un extremo a otro del plano como un ratón en un laberinto. O sólo quedan rastros de algo que está fuera de campo, como los periódicos que rasga el anciano también misteriosamente desaparecido o la ropa que el hombre deja en la sala de videojuegos. Si, como decía Pasolini, la vida es ese plano secuencia que sólo termina con la muerte, The Missing presta atención a los elementos efímeros de ese plano secuencia que se desvanecen irremediablemente ante nuestros ojos. El cineasta se iguala así al dios caprichoso y tiránico que mueve los hilos misteriosos e incomprensibles de la tragicómica existencia humana: su potestad es la de limitarnos a un punto de vista, a una posición, a los límites precisos de un rectángulo dictatorial. Como la película nos demuestra en su esclarecedor último plano —que es el que confiere sentido a todo lo contemplado hasta entonces— un simple muro nos separa de otros mundos que están en este, pero nos es negada la posibilidad de traspasarlo. Los protagonistas están condenados a la irremediable soledad de su encuadre, incapaces de comunicarse con aquellos que habitan fuera de esos márgenes.

Como al final de la inolvidable What Time Is It There? (2001), donde el padre difunto se colaba inesperadamente en el plano, The Missing se cierra con un niño y un anciano convertidos en fascinantes y enigmáticas sombras nocturnas. Un destello de misterio que enriquece además a la propia Goodbye, Dragon Inn: ¿estamos ante una “precuela”? ¿Irán ese niño y ese anciano, unidos en incomprensible solidaridad, camino de aquella sala de cine que era a la vez un espejo?

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