Laurent Cantet: “El cine responde a un mundo cada vez más complejo” (Sara Brito)


Sara Brito (Público)

Palma de Oro del Festival de Cannes con ‘La clase’

En los intensos debates y coloquios sobre la educación pública que ha generado en Francia La clase, una serie de preguntas banales y crédulas surgían una y otra vez: “¿Y qué pasó al final con la madre del alumno de origen chino, Wei? ¿La echaron de Francia? ¿Y con la profesora embarazada, ya tuvo a su bebé?”. Su director Laurent Cantet aclaraba en Madrid: “Hubo un sector del público que creyó que las situaciones del filme eran reales, que vio la película como un documental”.

Cantet, que se llevó la primera Palma de Oro a un filme francés en 20 años, cree que esto ha jugado a su favor y a su contra: “Ha sido parte del éxito, pero también una trampa: muchos han visto La clase como un espejo en el que no querían reflejarse”. La pantalla del cine les devolvía la imagen de una Francia diversa y contradictoria, con problemas de integración de los ciudadanos de origen extranjero y de sus jóvenes, sin ofrecer a cambio soluciones milagrosas.

Así que aquello de la “suspensión de la incredulidad”, de la que por primera vez habló el poeta inglés Coleridge en 1817, para explicar la fe poética eso de que usted entra a la sala de cine (o abre un libro) y, mal que bien, se cree que lo que ve en la pantalla es verdad ha ido en el caso de La clase mucho más lejos.

Nada más que la verdad. El empeño de Cantet y su equipo en reproducir la realidad de un año escolar, en un aula del instituto Françoise Dolto de la (multicultural) periferia parisina, ha convencido a muchos de que lo que veían no podía ser otra cosa que lo que había pasado de verdad entre esas mismas cuatro paredes. Que los chicos de la clase fueran alumnos de ese mismo instituto, que François Bégaudeau, el profesor protagonista, fuera en la realidad también profesor de un instituto similar y autor del libro en el que está basada la película y el tono franco, directo y documental de la cinta, han contribuido al espejismo.

“Entiendo que al principio el filme se tomara como un documental, queríamos que fuera así. Pero llegado un punto, la película empieza a subrayar a ciertos personajes y a tomar una narrativa distinta a la de un documental”, argumenta el director.

Más allá de la anécdota, la confusión apunta a uno de los cauces por los que anda el cine contemporáneo y que la selección del festival de Cannes se encargó de subrayar: allá donde las fronteras entre documental y ficción están cada vez menos definidas y donde el cine está empeñado en acercarse a la realidad. “Es una tendencia fuerte en el cine de hoy y creo que es una respuesta a un mundo cada vez más complejo. Quizás el cine está haciendo suyas las preguntas que plantea el mundo y trata a cambio, si no de dar respuestas, sí de aportar herramientas para el debate”, dice Cantet.

la-clase

Este instituto es el mundo. El instituto Françoise Dolto en el distrito XX de París es el mundo. Y el aula de lengua francesa del profesor Françóis Bégaudeau radiografía de una democracia imperfecta la constatación de que el lenguaje es el principio de toda identidad. “La mejor herramienta para encontrar tu lugar en el mundo es la lengua”, admite Cantet, “y lo interesante de François es que no ejerce de censor”. La clase es una estimulante batalla campal de la palabra.

El instituto es para Cantet “el lugar en el que uno empieza a descubrirse, a pensar en el sitio que va a ocupar en el mundo. Y también es el último lugar donde está la mezcla social y étnica en la sociedad. A partir de ahí habrá una primera selección brutal, donde muchos van a desaparecer”.

Ese inicio de la criba entre los admitidos y los desterrados del sistema es uno de los grandes temas de La clase. Es el caso de Sulemayne, el joven de origen africano, que acaba siendo ejemplo de “la exclusión total, de aquel que no tiene cabida alguna en el sistema”, explica el director de El empleo del tiempo (2001).

También es el caso de la joven que aparece en la parte final del largometraje, Enriette, “alguien que no entiende qué hace, que no entiende en qué consisten las reglas del juego”. Pero como en el resto de la filmografía de Cantet de profundas raíces sociales esta es una película sin culpables ni héroes absolutos.

“Cuando creo un personaje siempre intento reflejar la complejidad. En la vida nadie es totalmente heroico constantemente. Puedes serlo durante 10 minutos, pero luego dejas de serlo. Y eso es lo que intento reflejar en la película, tanto en los chicos como en los profesores. Cuando piensas en François: seis horas diarias, con 25 alumnos que lo bombardean a preguntas y además van a por él… hay momentos con altibajos, de errores y contradicciones”, nos lo podemos imaginar.

Utopías frustradas. Aún así, el aula de La clase, ese microcosmos cerrado, muchas veces secreto, casi claustrofóbico (el Entre los muros, del título original) encierra una lucha mayor: la de una utopía que se da de bruces contra un sistema que la limita. Como hizo ya en Recursos Humanos (1999), Cantet nos pone frente a un personaje idealista, que no claudica, pero que cae en la cuenta de las limitaciones de su idealismo.

“Todos mis personajes son unos idealistas que sueñan con la utopía. Pero también es cierto que se topan con mi pesimismo, que piensa que el sistema es siempre más fuerte que el individuo”, admite el director. Aún así no desespera: “Justamente lo que quiero enseñar es que hay que seguir negociando con la realidad para alcanzar, si no la utopía, sí la mayor justicia posible”.

Laurent Cantet en IMDB

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