José María Latorre: “El ojo implacable del objetivo”


ABC (ABCD)

Hay tres filmes que por sí solos justifican el prestigio que disfrutó entre los críticos (y continúa disfrutando) Roberto Rossellini: Roma, ciudad abierta, Te querré siempre y Alemania año cero. Fue en este último donde el cineasta llevó al extremo su forma de armonizar mirada testimonial y mirada subjetiva con la intención de (según sus propias palabras), «no juzgar al pueblo alemán sino simplemente constatar unos hechos».

Rodado en el Berlín de 1947, las primeras imágenes muestran la ciudad en ruinas con una vivaz alternancia de panorámicas y travellings; luego aparecen varias personas cavando en un cementerio en busca de objetos para vender en el mercado negro; entre ellas hay un niño, Edmund, a quien los otros expulsan de allí por no tener la cartilla de trabajo ni la edad suficiente. La cámara le sigue en su deambular por las calles.

Dos miradas. En esa elección del protagonista queda formulada la intención de combinar dos miradas distintas. Habitualmente, el neorrealismo en su vertiente qualunquista parecía elegir a un personaje cualquiera, «extraído de la calle», sorprendido por la cámara como por azar, con el fin de seguir sus pasos y vicisitudes en una realidad conflictiva; pero lo que hizo Rossellini fue combinar el documento y la mirada subjetiva (la difícil vida colectiva en una ciudad asolada por la guerra y la odisea personal de un niño de doce años que ha sido elegido de entre un grupo de adultos).

Para los fragmentos en los que la idea de lo colectivo pesaba más sobre la escena, Rossellini utilizó encuadres amplios, mostrando las calles y los edificios en plano general, mientras que cuando servía a la idea de lo individual (el niño Edmund), seguía de cerca con la cámara el movimiento de los actores, acosándolos en su miseria (todas las secuencias desarrolladas en la casa donde viven cinco familias, entre ellas la de Edmund, formada por su padre enfermo, su hermano, ex militante nazi, y su hermana, que se prostituye con los soldados americanos para conseguir algo de dinero).

Angustia. La cámara pasa de uno a otro, de acuerdo con la idea, expresada por el propio Rossellini, de que «la angustia contemporánea deriva de no poder rechazar el implacable ojo del objetivo». Es angustiosa la forma con que los personajes son seguidos y perseguidos por la cámara, sobre todo en la terrible secuencia en que Edmund envenena a su padre creyendo que obedece a las indicaciones de su antiguo maestro, un fervoroso del ideario nazi, cuyos ecos todavía se detectan en una ciudad donde ya sólo hay espacio para la prostitución, la estafa y la miseria, y en la odisea de un niño endurecido, triste, que tras haber cometido el crimen y verse rechazado hasta por otros niños, sólo ve salida a su confusión y soledad por medio del suicidio, cuyo naturalismo y sequedad hacen pensar en el Robert Bresson de Mouchette.

Roberto Rosellini dijo en su día que con Alemania año cero se había propuesto expresar su rechazo a las ideologías totalitarias y que se sentiría satisfecho si conseguía que los niños volvieran a amar la vida. La película es terrible y posee una vibración dramática y un sentido de lo directo propios de quien está firmemente convencido de la necesidad de expresarlo.

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