“Tiro en la cabeza” de Luis Rosales, por David Garrido Bazán


Tiro en la Cabeza, la película que ha hecho circular por el Festival la frase “¿Tú eres Rosalista o no eres Rosalista?” para posicionar a defensores y detractores de la última propuesta del director de La Soledad. La cosa es como sigue: una hora y diez minutos de película filmada a distancia, como con un teleobjetivo, asumiendo el punto de vista de un voyeur cualquiera mientras seguimos la vida cotidana de un tipo anodino: le vemos despertarse, comer, comprar el periódico, pasear por el parque, hablar con una mujer, escuchar música en la FNAC, irse de copas con unos amigos, hacer el amor con una mujer distinta a la primera, reunirse con dos personas, viajar a Francia… Todo esto sin que podamos escuchar una línea de diálogo aunque sí el sonido ambiente: coches pasando, gente, ruidos cotidianos… Ni una sola cosa de las cosas antes descritas ofrece la más mínima información valiosa sobre el personaje al que seguimos, con lo cual la paciencia del espectador se ve llevada hasta límites insoportables: no hay quien aguante semejante radicalidad. Eso sí, a partir de esa hora y diez minutos de película, la cosa cambia: en un restaurante la mirada del protagonista se cruza con las de dos jóvenes que parecen reconocerle, un esplendido e inquietante plano en el que el ojo izquierdo del protagonista se fija en ellos, dando comienzo a la verdadera historia. Los siguen al aparcamiento, los encañonan y tras un breve intercambio de palabras, los ejecutan con sendos tiros en la cabeza. Es la representación de los hechos acaecidos hace unos meses en Capbreton, cuando el encuentro fortuito entre unos etarras y unos guardias civiles de paisano acabo con la muerte de éstos. Tras el incidente, seguimos al protagonista en su huida, su abandono del coche en el que viajaban, el robo de otro secuestrando a su dueña a punta de pistola, el abandono de ésta en un bosque atada a un árbol y la desaparición de los etarras. Fin.

Se habrán dado cuenta que les he contado la película por completo. No me pongan una demanda todavía y déjenme que me explique. El interés de Tiro en la Cabeza no está en lo que cuenta sino en cómo lo cuenta y si he procedido de esta forma tan aparentemente poco profesional es porque creo que la única forma de defender lo poco salvable de esta propuesta inviable comercialmente es decir que la película solo cobra vida cuando empieza a contar de verdad una historia con imágenes, es decir, a partir del encuentro en el restaurante una hora y diez minutos después del primer fotograma. Y esa película sí reviste interés, y soy consciente de que para llegar ahí era necesario que Rosales nos hiciera un seguimiento del personaje pues no puede empezar la película en ese punto. Pero por otro lado resulta inadmisible que estire ese planteamiento durante casi setenta minutos: eso no hay quien lo aguante y confieso que yo lo hice porque, como ahora ustedes, sabía de antemano lo destacable que me esperaba después. En caso contrario habría abandonado el cine y Rosales habría fallado por completo con su experimento narrativo. Esto no es ni mucho menos la esplendida La Soledad o la interesante Las Horas del Día, obras que sí contaban una historia pese a la radicalidad formal de sus propuestas y con las que descubrimos a un autor personal y con una voz diferente, capaz de llegar al interior del espectador. Tiro en la Cabeza podrá tener toda las buenas intenciones que se quieran respecto al conflicto (aunque confieso que yo no veo en que ayuda esto al mismo), y tendrá interés para aquellos que gustan de la innovación del lenguaje cinematográfico, pero a mi no me llega semejante radicalidad: aun reconociendo la brillantez formal de su tramo final, me parece una salvajada y un duro ejercicio de ombliguismo autoral que no cuenta con el espectador. Ya saben lo que hay. Ustedes mismos.

CineMerida

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