“Conversaciones con Woody Allen” por Javier Cortijo.


TODO LO QUE SIEMPRE QUISO SABER SOBRE WOODY ALLEN…

La verdad es que, de una u otra forma, casi todos hemos conversado alguna vez con él en los últimos cuarenta años: soñadores metropolitanos completándole imaginariamente la lista final de “Manhattan” sobre cosas que hacen que la vida merezca la pena, borrachuzos de sidra soltándole alguna “filípica” en bronce y hueso a su estatua ovetense, filósofos de lo cotidiano haciéndole rebotar como un frontón sus ideas sobre la religión, las artes o las partes (nobles), románticos perdedores preguntándose cómo diablos se las apaña para “ligarse” a Charlize Theron, Meryl Street, Scarlett Johanson o Mira Sorvino… La filmografía de Woody Allen (y él mismo, por alusiones) es tan permeable y hospitalaria que nos permite emular a la inversa al personaje de Jeff Daniels en “La rosa púrpura de El Cairo”: si él bajaba a la platea para encontrarse con su público, los espectadores podemos brincar alegremente a la pantalla para tutear al geniecillo de Brooklyn y recomendarle nuestra tienda preferida de pantalones de pana. Aunque, las cosas como son, la medalla de oro de conversador woodyalleniano se la lleva de calle Eric Lax, cuyas interminables y nutritivas chácharas con el autor de “Annie Hall” desde principios de los 70 han fructificado, de momento, en una par de libros imprescindibles (“On Being Funny”, 1975 y “Woody Allen: A biography”, 1991) y en este volumen conversacional vertebrado en ocho capítulos (con bastante manga ancha intercambiable, eso sí) que ofrece el más meridiano y clamoroso striptease de uno de los cineastas más reconocibles, prolíficos, brillantes e influyentes del último medio siglo.
Sí, también influyentes, aunque él insista en señalar que no ha dejado sello ni huella a la manera de Spielberg o Scorsese, que su público es mucho más inteligente que él o que cuando le dieron el Premio Príncipe de Asturias creyó que se había tratado de una “error administrativo de algún funcionario español” antes de imaginarse en alto una película alrededor de tal peripecia. Porque, aparte de modesto, Allen no ha parado de chasquear gags y ocurrencias desde que actuaba en baretos humeantes a finales de los 50. Un material garabateado que agarra con clips e introduce en una casi alquímica bolsa de papel. Luego se la lleva a la “habitación de pensar”, como le dicen sus hijos y, siempre que no haya una buena oferta deportiva en la televisión, elabora un guión más o menos de hierro que firma invariablemente en verano, aunque odie el sol. Tipo raro este Konigsberg. Por eso tiene mérito la tarea de Lax y su método de trabajo, agrupando las entrevistas en tres grandes bloques temporales: 1973, en plena ebullición de su “etapa bufa”; 1987/89, con sus no menos magistrales dramas y dramones (“Septiembre”, “Otra mujer”, “Delitos y faltas”…) y 2005-2006, fecha de su resurgimiento merced a “Match point”, tras una serie de comedias ligeras de irregular resultado.
Tres faros bien iluminados para descubrir o confirmar que Allen siempre ha querido ser Bob Hope tanto o más que Ingmar Bergman, que no entiende el fracaso de “Un final made in Hollywood”, que su película preferida es “La rosa púrpura…”, que babea enumerando los encantos de la Johansson, que su carácter neurótico y caprichoso le hizo comprarse una casa entre arenas grises en los Hamptons tras el rodaje de “Interiores” (el filme por el que algunos le gritaron “Judas”, como a Bob Dylan en el 66) donde solo aguantó una noche, y que últimamente es un mercenario trotamundos a sueldo de quien quiera financiar los quince millones de dólares que le cuesta dirigir una película. Ah, y que su esposa Soon-Yi no ha visto ni la cuarta parte de su filmografía y le pirran las tostadas de queso y atún. Porque esta es casi la única confidencia de su vida “íntima” que los buscadores de morbo encontrarán en las quinientas páginas del libro. Los cinéfilos más militantes tendrán más suerte gracias a pasajes tan gozosos y amables como sus meditaciones sobre el cine (y literatura) europeo, la forma en que elige un título (página 125), sus listas de películas preferidas (p.323), su lapsus sobre la semiolvidada “Sombras y niebla” (a la que llama “Gritos y susurros”), por qué nunca ha podido trabajar con Dustin Hoffman, o ese emotivo capítulo 7 dedicado a la música, otra de sus pasiones. Por cierto, lástima que no hable casi nada de los Knicks, su equipo de la NBA preferido. No querrá deprimirse más, es comprensible…

Criticas y Columnas

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