“Pero, ¿existe el cine invisible?” (Roberto Cueto)


Cahiers du Cinéma

El habitual discurso sobre el cine español está enfangado en un fatalismo que tiene ya algo de complaciente. Mirar los muros de la patria mía o avivar el seso para contemplar cómo pasa la vida y viene la muerte son actitudes habituales en los debates sobre la sempiterna crisis del sector. Se generan así imágenes estereotipadas: comunidades de ciudadanos, todos ellos cinéfilos, que acudía cada semana a ver la última película de autor; niños más buenos, sabios y felices porque veían en la tele los clásicos de John Ford; salas de cine donde el público experimentaba orgiásticas catarsis colectivas… Sospecho que priman aquí las impresiones subjetivas, las casuísticas individuales y los recuerdos distorsionados antes que un verdadero análisis. Se habla de irresponsables distribuidores y exhibidores que le arrebatan a la cinéfila ciudadanía su derecho a buen cine. Los exhibidores y distribuidores, a su vez, culpan a un público indolente que no acude a sus salas. Todos exigen del otro la inmolación pecuniaria para satisfacer a esa hambrienta divinidad que se llama Cine., tan celosa y exigente como el Yahvé bíblico. Distribuir, exhibir  o ir a ver una película dejan de ser actividades lúdicas y culturales para convertirse en demostraciones de superioridad ética.

Haría falta una investigación rigurosa (con cifras reales de películas estrenadas y número de espectadores) para saber si aquella Arcadia de antaño y este Apocalipsis de hoy son paisajes objetivos. Arriesguemos una hipótesis. Esa impresión de que hay mucho más “cine invisible” que antes, ¿no vendrá dada, acaso, por el hecho de que ahora somos más concientes de todo el cine que no llega a nuestras pantallas? De repente públicos de pequeñas ciudades que tienen la suerte de contar con un festival están familiarizados con cineastas que no han llegado a los grandes centros urbanos o que lo han hecho muy tarde: Naomi Kawase, Bruno Dumont, Tsai Ming-liang, Olivier Assayas, Kiyosi Kurosaba o Hirokazu Kore-eda. Revistas especializadas, páginas web o blogs dan referencias de un cine del que antes tan solo se suponía su existencia, pero del que ahora hay nombres y apellidos. A los distribuidores ya no se les juzga únicamente por las películas que adquiere, sino también por todas aquellas que han dejado pasar. El aficionado se empieza a hacer preguntas: ¿Por qué se distribuye Adytia Assarat, pero no a Pen-ek Ratanaruang? ¿Por qué apenas se estrenan películas de Johnnie To? ¿Por qué la filmografía de Takeshi Kitano no llegó a las salas españolas hasta que alcanzó su séptima película?

Convengamos en que hay varios tipos de público. Uno se apaña con el cine visible que le llega, puede vivir sin Rossellini y no siente especial ansiedad ante el hecho de que no se estrene la  última película de Pedro Costa (de hecho, su completa ignorancia de la existencia de Pedro Costa no le impide llevar una vida plena y feliz). En las antípodas está el cinéfilo, que, mal que le pese a algunos, siempre ha sido minoritario. La cinefilia es una lucha histórica contra la invisibilidad: los primeros cinéfilos que se informaban en revistas francesas sobre las películas que el franquismo no dejaba ver, la generación freak que leía sinopsis de películas de terror en la publicaciones de Forrest Ackerman, los lectores de Contracampo o Dirigido por… Todo cinéfilo insaciable leía más que veía, y sabía que ver películas e ir al cine no son necesariamente expresiones sinónimas. Siempre ha sido más importante ver como sea antes que no ver: proyecciones en 16mm en colegios mayores, en cine-clubs mas o menos clandestino, mas tarde en video  y el láser-disc, y ahora en DVD.

El “tercer público”

La pasión del cinéfilo va pareja a su frustración: hay más películas que no puede ver que las que consigue ver. El cinéfilo sufría igual en esa España que ahora nos pintan como idílica: durante la Transición tampoco era posible ver en las salas el cine de Manoel de Oliveira, Straub y Huillet, Chris Marker o Agnés Varda, y de Nagisa Oshima  sólo tuvimos noticias cuando se estrenó muy tardíamente su película número 19 (El muchacho, 1969); casi nada se vió del cine japonés de los años ochenta, nada se sabía entonces de directores coreanos como Im Kwontaek o Park Kwang-ju, no llegaron las “nuevas olas” de Taiwan y Hong Kong, se estrenó una sola película de Hou Hsiao-Hsien… El complejo de invisibilidad ha acompañado tradicionalmente al cinéfilo, de ahí su sempiterna tendencia a ver el vaso medio vacio. Incluso hoy, en una época en que la posibilidad de ver cine como sea es mayor y mejor que nunca. Y no hablo de consumos ilegales, sino totalmente lícitos y respetables.

Hay un tercer público, sin embargo. Un público inquieto que, sin caer en las compulsiones de la cinefilia ni en su afán proselitista, demuestra interés por ver todo ese cine alternativo o “diferente”. Tradicionalmente ha sido el que ha llenado las pequeñas salas de V.O., y es quizá ahora el que se siente más huérfano, porque le está arrebatando un rincón familiar y cómodo al que acudir. Me refiero a las grandes ciudades, claro, porque cualquier público inquieto de una pequeña ciudad sabe de invisibilidad más que nadie; de hecho, si para estos algo ha cambiado ha sido para mejor, porque ahora tienen vías de acceso a esa películas de las que antes carecían: festivales, programaciones de cine en centros culturales y museos, videoclubs especializados en cine de autor, etc. Y en realidad, el “tercer público” de las grandes ciudades no está ahora mucho más desatendido que antes: siempre ha vivido sujeto a los azares de la distribución, aunque, menos informado que el cinéfilo, no se diera cuenta de ello. Quizá asista a la desaparición de algunas de esas salas especializadas, cuyo loable esfuerzo por ofrecer una programación diferente ha corrido siempre un tupido velo sobre el hecho de que a veces las películas no se estaban viendo en las mejores condiciones posibles. Pero, en lugar de quedarse parado llorando, tendrá que aprender a buscarse otros recursos para llegar al cine que quiere. Al fin y al cabo, todo interés se mide por los obstáculos que debe vencer.

No es el mejor de los mundos posibles, pero es el que tenemos. Son necesarios replanteamientos por parte de la exhibición y la distribución, pero también por parte de un público y de los espectadores. Es evidente que, antes que una invisibilidad, se está produciendo un desplazamiento de la visibilidad a otros espacios y hábitos de consumo. Como hemos hecho siempre, seguiremos viendo películas en salas y también de otras muchas maneras, una vez se haya producido un reajuste del sector como el que tuvo lugar en los años ochenta, cuando los cines de barrio se transformaron en salas de bingo. También se habló entonces de la muerte del cine, pero lo cierto es que no hemos parado de ver películas desde entonces. En cualquier caso, no tiene sentido hablar de la “invisibilidad” de un título determinado solo porque no se haya estrenado en una sala de V.O. de grandes ciudades como Madrid o Barcelona. Antes que entonar lamentos fúnebres, mejor sería considerar a las películas como imparables fuerzas de la naturaleza que siempre encuentran su camino para hacerse visibles.

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