“I Walked with a Zombie” (Jaques Tourneur, 1943)


Título original: I Walked with a Zombie

Director: Jaques Tourneur

Año: 1943 Duración 69 min.
Compañía: RKO Radio Pictures
Guión: Curt Siodmak, Inez Wallace y Ardel Wray
Reparto: Frances Dee (Betsy Connell), Tom Conway (Paul Holland), James Ellison (Wesley Rand), Edith Barrett (Jessica Holland), Darby Jones (Carrefour).

La ruptura que significó La mujer pantera (Cat people, 1942) respecto al cine de terror precedente, remitiéndonos al punto obligado de referencia que supuso el conjunto de ciclos terroríficos de la Universal, fue mucho más evidente en lo concerniente a lo formal que a lo conceptual, donde efectivamente también existió ruptura, pero de menos calado, ya que la historia no dejaba de ser una variación más del mito del hombre lobo, pero aliñada con tintes poéticos, que si bien ya habían traslucido ligeramente de manera semejante en los ciclos Universal dedicados al monstruo de Frankenstein o la momia, nada similar sucedió en los dedicados a Drácula y al hombre lobo, a excepción de algún pasaje puntual en la película de Browning. Sin embargo, el lirismo incipiente pero decidido que Jacques Tourneur mostró en La mujer pantera se torna aquí en una cualidad sobresaliente y clave para entender I Walked with a Zombie, envolviendo toda la historia desde sus entrañas hasta la epidermis.

El reinado en el género de terror conseguido por la productora Universal durante los años treinta, donde alcanzó sus más grandes logros, ya en la década siguiente sólo fue capaz de dar bandazos a los personajes clásicos, rayando primero el ridículo y la autoparodia con sus cocteles de monstruos, pese a la no carencia de encanto, y acabando en la abierta chufla perpetrada por las películas fantásticas de Abbott y Costello, con Contra los fantasmas (Abbott and Costello Meet Frankenstein, 1948, Charles T. Barton) como primer incursión a la que siguieron otras.

En este contexto Val Lewton revoluciona un género que parecía agotado, aportando nuevos caminos que no habían sido abiertamente explorados hasta el momento. Nuevos caminos que nada tienen que ver con la utilización de la figura del zombi, que ya tuvo su primera aparición en La legión de los hombres sin alma (White Zombie, 1932, Victor Halperin) y que luego se erigiría como el personaje monstruoso más representativo del cine de terror moderno, sino con la sustitución del terror por la apelación a una suerte de misterio sobrenatural, teñido de los pies a la cabeza de romanticismo y ensoñación. Se nos cuenta la historia de una enfermera que es contratada para cuidar a la bella esposa del propietario de una explotación de caña de azúcar, aquejada por un extraño mal; relato que siempre tiene presente la evocación de obras literarias como Jane Eyre y Cumbres Borrascosas de las novelistas inglesas, y hermanas, Charlote y Emily Brontë, respectivamente.

Ese tono de misterioso romanticismo se consigue a través de dos vías: la conceptual y la formal. Sin tener en cuenta el acabado formal distinto que podría habérsele dado, ya la propia historia posee los suficientes elementos para conseguir el halo melancólico que refleja. Su pasado esclavista determina el entorno físico en el que sucede la acción, donde el nacimiento de un bebé era recibido con llantos, y la muerte, con alegría, por lo que significaba de punto final a una vida de sufrimiento donde la belleza del paisaje no es mas que el maquillaje que la naturaleza da a una presencia permanente de la muerte. Todo el contexto da un tinte de melancolía que parece haberse contagiado a los extranjeros que dirigen la explotación de caña de azúcar, arrastrando las consecuencias de oscuras rencillas amorosas entre dos hermanos, entremezcladas con la supuesta influencia ambiental que las supersticiones locales han desencadenado sobre el objeto amoroso de ambos. Este contexto es subrayado por un acabado estético caracterizado en primer lugar por una belleza superlativa, evocadora de esa melancolía siempre latente en el ambiente, estimulada por el uso de elegantes fundidos que encadenan los planos sin sobresaltos, de forma fluida. Las sombras creadas por la extraordinaria fotografía en blanco y negro no transmiten la inquietud que originaban en el caso de La mujer pantera, sino un poético misterio, ancestral, como los cánticos y músicas tribales que los nativos emiten desde la lejanía, acompañados por el siempre inquietante ulular del viento. Cada fotograma despide un hálito de ensueño, llevando dentro de sí mucho más de lo que muestra de forma evidente, percibiéndose en su belleza toda la profundidad que enriquece el relato.

Pese a ser una película que en su mismo origen ya asume los planteamientos de base de la serie B, el apartado interpretativo no flojea por esa cusa, apartado al que Jacques Tourneur parece haber dedicado toda la atención que esta película tan refinada merece. Por eso, el trabajo de los actores, dentro de la modestia de sus aportaciones, funciona como un resorte más de lo que es una maquinaria bien engrasada. La mayoría de los personajes reflejan la pesadumbre que los últimos acontecimientos de sus vidas les han dejado como herencia, transmitiendo con cada gesto, con cada actitud, todo el sufrimiento contenido que llevan dentro.

Así Yo anduve con un zombie se erige sin ninguna duda como una de las mejores películas del género, de una sensibilidad extraordinaria, trascendiendo cualquier clasificación genérica, repleta de imágenes de ensueño, capaces de aferrar la esencia de ese misterio romántico que simbolizan los planos primero y último de la película, como un circulo que se cierra, ambos junto al mar.

(Del libro “Terror Cinema” de Juan A. Pedrero Santos-Calamar Ediciones)

‘Yo Anduve con un Zombie’, inquietando con lo mínimo, de Juan Luis Caviano (Blogdecine)

Un pensamiento en ““I Walked with a Zombie” (Jaques Tourneur, 1943)

  1. max, mientras amplias pego esto que leí y que me parece interesante de cinefania:
    Dirigida por Jacques Tourneur, esta es probablemente la mejor película de la década sobre el tema (y quizás la más clásica del subgénero). Producida por Val Lewton, tiene como protagonista a Frances Dee en el rol de una enfermera que va a trabajar a la isla caribeña de San Sebastián, donde debe atender a una mujer (Christine Gordon) que se halla en estado catatónico. Su jefe es el marido de la paciente (Tom Conway), que parece querer contagiarla con su dolor y tristeza. El hermano de este (James Ellison), alcohólico, pugna por inestabilizar el ambiente. Mientras los nativos creen que la paciente se está zombificando, la enfermera descubre que la suegra (una avejentada Edith Barrett) se ha querido vengar de ella por haberse interpuesto entre sus dos hijos. La película tiene su justificado mérito en la aproximación tan poco convencional que realiza sobre el género (una característica de Val Lewton) y las intrigas que se generan sobre el desenvolvimiento de las facetas de los personajes. Las escenas de rituales vuduistas son también memorables y la ambigüedad en general de toda la trama la convierte en un clásico sin precedente. La ausencia de música en gran parte del metraje, proporciona momentos increíbles, aunque para un espectador de hoy pueda parecerle un bache. Una de las escenas más tétricas es aquella en la que Sir Lancelot cantando una canción se ve recortado sobre un horizonte caribeño. El efecto es excelente, ya que se trata de una secuencia que, sacada de su contexto, no tiene nada de sobrecogedor. Sin embargo, la letra de la canción y la cada vez más cercana figura del morocho (que se va acercando mientras canta), provoca una suave incomodidad. El principal acierto de la película es, entonces, combinar una historia sumamente atrapante con un contexto extraño y fantasmagórico (al silencio que sirve de marco a la película, debemos agregar la carencia de golpes efectistas, muy comunes en el cine de terror moderno, tales como cabezas decapitadas, apariciones de monstruos, etc.), en el que ciertas aristas bizarras (la presencia del negro zombificado interpretado por Darby Jones, el ritual vudú) se complementan con una triángulo romántico (el conformado por el marido, la enfermera y el hermano del marido). Espacio aparte merece la disertación sobre el tratamiento de la imagen que el director Tourneur practica (rescato la cámara rastrera que sigue a las dos protagonistas a través de una plantación de maíz), que sin embargo, queda preso de los convencionalismos de la época, al filmar la persecución final nocturna a la luz del día con el típico filtro para noche.

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