John Sayles (Bárbara Celis)


Bárbara Celis (EL PAÍS)

John Sayles se siente “desde siempre” una especie en peligro de extinción. En Honeydripper usa la música para explicar las tensiones raciales en EE UU. Su empeño por ser verdaderamente independiente le ha llevado al borde de la ruina y ahora piensa centrarse en la literatura.

Hace más de dos décadas, cuando John Sayles comenzaba a construirse un nombre en el mundo del cine independiente con sus primeros filmes (The return of the Secaucus Seven, Lianna y Baby, it’s you), su amigo Bruce Springsteen le propuso filmar el vídeo de su himno al trabajador, Born in the USA. Al cineasta le pareció divertido probar un género que comenzaba a nacer por aquel entonces y no quiso cobrar nada por aquel trabajo así que Springsteen le ofreció filmar otro, el single de I am on fire. Esta vez, en cambio, Maggie Renzi, su productora, compañera de existencia y profesión desde que se conocieran en Williams College (Massachusetts) hace más de tres décadas, encargada entre otras cosas de poner una nota práctica en la vida de este idealista por vocación, le dijo que debería cobrar y que si no quería el dinero, que lo invirtiera en una buena causa. Fue así como John Sayles (Schenectady, Estados Unidos, 1950) entabló relación con los supervivientes de las Brigadas Lincoln, la sección estadounidense de las Brigadas Internacionales que lucharon en el bando republicano durante la Guerra Civil española.

Los 10.000 dólares (de la época) que le pagó Springsteen acabaron financiando una campaña de los brigadistas para comprar ambulancias para Nicaragua, que en aquel momento se desangraba en una cruenta guerra civil. Desde entonces, el nombre de John Sayles se ha repetido a menudo en los encuentros anuales que los brigadistas celebran en Nueva York, ya sea para leer uno de sus textos más conmovedores, ¿Y qué hay de los tipos de las Brigadas Lincoln?, o para acogerle como invitado de honor, como ocurrió hace dos semanas.

Grande, corpulento y con cierto aire de sindicalista salido de otra época, Sayles, quien acudió a la cita con EL PAÍS tras el emotivo encuentro con los veteranos, se siente “desde siempre” como una especie “en peligro de extinción”, casi como los brigadistas a los que tanto admira. “Tuvieron el coraje de desafiar a su propio país y luchar por sus ideales. Su historia es única y apenas quedan vivos unos pocos“, afirma un hombre que, por supuesto, ha pensado en hacer una película sobre ellos. “Pero tengo que ser realista: una producción de guerra y de época sería demasiado cara. Nunca podría financiarla. Escribí un guión sobre ellos para Bill August hace unos años pero desde el principio supe que jamás llegaría a la pantalla. Era una producción para Hollywood pero Hollywood no se mete en política de esta manera y la historia de los brigadistas es, sobre todo, política. Obviamente, los productores abandonaron la idea”, explica con cierta sorna.

En realidad, considera que todo el cine que se hace es político “porque lanza mensajes sobre el statu quo y cómo mantenerlo”. Lo que ocurre es que “refleja cómo la sociedad se ve a sí misma. ¿Hace cuántos años que no ves una película en la que alguien aborte? En general, evitan entrar en barrios conflictivos. En mis películas, en cambio, entramos de lleno en esos barrios porque no puedes entender las historias personales sin contexto social, racial o económico”, afirma.

Además de dirigir, actuar y escribir, Sayles es un mercenario del guión, un trabajo alimenticio que comenzó a ejercer para Roger Corman a finales de los setenta y que con los años le ha llevado a participar en títulos como Piraña o Parque Jurásico IV y en muchas otras grandes producciones como Mimic o Apollo 13, en cuyos créditos, en cambio, no aparece porque prefiere quitar su nombre cuando no le gusta el resultado final. Pero gracias a esos filmes comerciales -“escojo películas de ciencia-ficción o fantasía para no entrar en conflicto con mis ideas”- consigue financiar las suyas, “historias donde lo importante son las personas y en las que no se ignora el mundo que está a su alrededor”, como le gusta definirlas a él mismo.

Nacido hace 57 años en Schenectady, un pueblo al norte de Nueva York, este hombre de espontánea sonrisa y rostro atractivo siempre ha seguido el dictado de su conciencia y su curiosidad, que le llevó a abandonar los estudios para ponerse a trabajar en fábricas. Hijo de profesores y enamorado de la literatura desde su infancia, enseguida empezó a volcar sobre el papel todas sus experiencias. “En realidad, yo era escritor y creo que regreso hacia ese territorio”, advierte Sayles, quien ha publicado varias novelas, recopilaciones de relatos y una autoentrevista. Actúa en casi todos sus filmes porque en la universidad, que no terminó, estudió también arte dramático. Uno de sus compañeros era David Strathairn, al que ha convertido en uno de los rostros de su obra. Sin embargo, las dificultades para seguir haciendo cine disidente, donde la forma se pone a los pies del contenido y no viceversa -y aun así, técnicamente, también consigue tener talento- y no ceder a las exigencias temáticas de los productores, le ha llevado casi a la ruina. Por eso ahora se ha embarcado en la escritura de una larga novela histórica con la que quiere explorar el origen del imperialismo estadounidense “y no sé si volveré a hacer cine”, comenta con aire apocalíptico.

Sus últimos dos filmes, Silver City y Honeydripper, que obtuvo el premio al mejor guión en el pasado Festival de San Sebastián, los financió él pero le costó sudor y lágrimas que llegaran a las salas. “No quiero dejar de hacer películas pero cada vez es más difícil financiarlas y distribuirlas”, explica este director que en su país fue machacado por la crítica por Silver City. “Me acusaron de querer influir en las elecciones de 2004, como si eso fuera un pecado. Decían que tenía que haber esperado a que pasaran pero ¿por qué? Tiene más sentido tratar de actuar contra algo que crees que está mal cuando está ocurriendo que limitarse a hacer un comentario diez años después. Pero en este país la gente le tiene tanto miedo a la política después del 11-S y se ha vuelto tan cínica que nadie se atreve a tomar partido. Por eso Silver City les asustó”, afirma respecto a un filme en el que un brillante Chris Cooper interpreta a una especie de corruptísimo George W. Bush en su pequeño universo tejano.

Sayles puede considerarse un auténtico independiente -nunca cede por dinero a las exigencias de un productor y se ha autofinanciado la mayoría de sus filmes- por lo que parece lógico que le haga sonreír que en Hollywood lo que esté de moda sean las películas bajo esa etiqueta. “Es una falacia que se han inventado los grandes estudios para ahorrar dinero. Crean divisiones más pequeñas en las que producen películas más baratas, a las que llaman independientes, y con esa excusa pueden pagar menos a actores y directores. Pero si luego deciden entrar en la carrera por el oscar, se gastan cuarenta millones de dólares en publicidad”, afirma. No obstante, no cree que la independencia esté reñida con el dinero. “Se trata de serlo en espíritu y, sobre todo, de poder mirar tu propia película y que lo que veas sea lo que tú querías ver. Yo no podría ser uno de esos directores que te dicen ‘este corte no está mal pero espera a que veas el director’s cut”.

A lo largo de su carrera, este Robin Hood del celuloide ha tocado temas como los derechos de los trabajadores en Matewan, la desmedida avidez de las inmobiliarias en La tierra prometida (Sunshine State) o Ciudad de esperanza (City of hope) o la corrupción en Ocho hombres (Eight men out). Incluso ha sido candidato a dos oscars al mejor guión original, por la durísima Lone Star y por Passion Fish. Sin embargo, siempre aborda sus temas partiendo de la vida de comunidades pequeñas, donde problemas universales encuentran su reflejo a pequeña escala. En su último filme, Honeydripper, en cambio, el verdadero protagonista es más abstracto, la música, aunque las tensiones raciales de principios de los años cincuenta en el sur de Estados Unidos no pueden separarse de la historia que Sayles trata de contar. “Quería explorar ese territorio porque fue el momento en el que se produjo la transición entre el swing y el rock and roll. Y fue un momento especial, en el que el piano, que era un instrumento de los negros, fue sustituido por la guitarra, que culturalmente pertenecía a los blancos. Me interesó hablar de la música porque fue en la música y en el deporte donde se produjo la integración racial por primera vez en Estados Unidos, mucho antes que en las otras áreas de la vida”.

Honeydripper es también una excusa para hablar de “los momentos de grandes cambios en los que hay un grupo que quiere avanzar y otro que quiere que todo se mantenga igual. En esta película es la evolución de la música, pero también podría haber sido el paso del cine mudo al sonoro o incluso la muerte de Franco, que provocó que media España quisiera ir hacia delante y la otra media quedarse donde estaba”, explica este enamorado de la historia que, para tener una visión más amplia sobre América Latina y España, aprendió español (él solo).

Pero puestos a hablar de cambios, es quizás su propio país ante el que ahora se abre esa puerta. “Creo que es posible que Hillary Clinton o Barack Obama lleguen a la presidencia. El problema es que los años sesenta aún pesan sobre Estados Unidos. Por eso estos candidatos, pese a ser una mujer y un negro, que deberían estar hablando en términos más radicales, no pueden hacerlo. Se ven obligados a hablar de generalidades para no asustar a los estadounidenses. No obstante, quizás el problema mayor ante un cambio real sea el poder de las multinacionales. Quizás recuperemos el país políticamente, pero estos conglomerados tienen tanto poder que no sé qué podemos hacer realmente los ciudadanos para luchar contra ellos”. ¿Películas? Sayles sonríe afable y sin dudarlo exclama: “Claro, al menos ayudan a animar el diálogo porque si sólo tuviéramos las de Hollywood, el discurso sería muy aburrido”.

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