Cine Astoria

21/10/2008

Una entrevista con Apichatpong Weerasethakul, por Manuel Yáñez Murillo

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Cuando hoy es mañana

Existe una estirpe de cineastas cuyas imágenes albergan componentes temáticos, discursos formales y fracturas conceptuales que los sitúan a la cabeza de esa entelequia a la que nos remitimos de forma asidua y un tanto temeraria: el cine contemporáneo. En el flujo incesante de la historia del arte cinematográfico, es común que los avances, aparentes pasos adelante, suelan ocultar ejercicios de revisión o relectura reaccionaria de un referente pasado, es decir, ejercicios de retroceso encubiertos, cuando no meros pasos en falso. Por eso es difícil aislar los componentes que definen el progreso de aquello que constituye lo genuinamente contemporáneo, aquello que liga el arte, de forma no poco borrosa, al tiempo y la realidad presente. Así, es fácil hallarse inmerso en la ardua tarea de discernir la forma en que dialogan el hoy y el ayer en materia fílmica. Y si asumimos que esa no es una labor banal, sino que es más bien una de las funciones más relevantes de la crítica de arte, el cometido adquiere la forma de una misión. ¿Pero qué es el hoy en cine? ¿Qué lo dictamina? ¿Debemos perseguir un ideal teórico que lo defina, o resulta más eficaz la búsqueda de referentes concretos? Aferrarse a un dogma teórico tiene sus riesgos, así que, ante la mutabilidad del presente, no resulta una mala opción partir de lo concreto, de la obra singular, para aproximarnos a eso que nos fascina porque responde a la realidad de nuestra vida cotidiana, de nuestra existencia más inmediata. Y sumidos en esa búsqueda, ¿cabe algo más fascinante que un creador, un director de cine, un ser humano, cuyas palabras e imágenes excitan las emociones y reflexiones que sentimos más ligadas a nuestro presente? El tailandés Apichatpong Weerasethakul es un ejemplar representante de ese perfil artístico. Su última obra, Syndromes and a Century, fue presentada en el último festival de Venecia, y allí tuvimos la oportunidad de dialogar con él. Es cierto que solemos apelar al cine de Apichatpong de una forma aguerrida que puede acercarnos al fanatismo y alejarnos de la objetividad. Sin embargo, ¿no es la vibración que nace de la intensa empatía y la identificación íntima un cierto síntoma de que nos encontramos ante esa esfera de lo contemporáneo que perseguimos con dedicación?
En el cine de Apichatpong confluyen la herencia de Hou, Antonioni, o Renoir, los métodos revolucionarios de Rossellini o Godard, y las empresas conceptuales de Kiarostami o Claire Denis. De hecho, su Syndromes and a Century tiene mucho de L’intrus de la Denis en su afán por retratar en imágenes una personalidad humana más allá del cuerpo y la psicología, materializando, de la mano de las más variadas herramientas del audiovisual, una forma del ser que trasciende lo “espiritual”, concepto que se queda corto en la definición de un retrato que integra componentes sociológicos, históricos, místicos y, valga la obviedad, artísticos. Apichatpong amalgama sus herencias y fabrica nuevas entidades que se expresan mediante paisajes, cuerpos, palabras y artificios aferrados al presente.
A continuación, presentamos un diálogo informal en el que emergen varios de los temas, formas y conceptos cuyos cruces forman ese magma creativo que identificamos de una forma clara con nuestra realidad más inmediata (la física y la intelectual), una serie de intersecciones que también sospechamos que serán constituyentes de nuestras preocupaciones, reflexiones y debates del mañana. Charlando con Apichatpong, en la terraza del Hotel Excelsior del Lido de Venecia, el primero de septiembre de 2006, tuvimos la extraña certeza de que hoy era mañana.
Pregunta: Leí en el pressbook de la película que te planteaste este filme como una suerte de homenaje a tus padres.
Respuesta: Sí, esa era la idea, el borrador que tenía en la cabeza, el punto de partida. Luego, la película, su estructura, su manera de fluir, se forjó de una forma muy espontánea. Como decías, la principal inspiración fueron mis padres. Hablé con mi madre y también recordé conversaciones que había tenido con mi padre, y a partir de todo ese mar de apuntes, anécdotas y sentimientos, fui eligiendo los detalles que me parecían más interesantes. Empecé a escribir y fui desarrollando una narrativa a partir de esas notas. Entonces, empecé a buscar actores y localizaciones, y, a medida que iba avanzando el proyecto decidí ir cambiando los escenarios en función de lo escrito, adecuar la escritura a los escenarios. También cambié el guión para adaptarlo a los actores, así que se puedo decir que fue un trabajo colectivo. Al final, creo que la película persigue el objetivo de crear una mezcla entre los recuerdos de mis padres y mis propias memorias, mis recuerdos asociados al cine, a la experiencia del rodaje. El primer borrador era completamente diferente al guión que acabamos filmando, porque durante el rodaje fuimos ajustando y modificando elementos cada día. Cada noche les pasaba nuevos esbozos de diálogo a los actores. En conjunto, creo que fue una experiencia esencialmente orgánica. De algún modo, la película es también un diario de rodaje del propio filme.
P. Entonces imagino que había espacio para las improvisaciones.
R. Es una mezcla. A veces nos ajustábamos al guión y en ocasiones jugábamos más con la libertad expresiva de los actores. Muchas veces improvisábamos sin grabar. Como no teníamos mucho dinero, utilizábamos la improvisación como campo de pruebas. Jugábamos, íbamos fabricando situaciones de forma espontánea, luego las escribíamos y las rodábamos.
P. Me parece interesante que en esta película presentes un trayecto desde lo rural a lo urbano, un viaje en sentido contrario a los que proponías en tus anteriores películas.
R. Sí, tienes razón en eso, aunque la verdad es que no lo había pensado. Lo que conecta las dos partes, lo que guía la narración de Síndromes and a Century, es la persona que inspiró cada una de ellas. La primera mitad la hice pensando en mi madre, la segunda en mi padre. Mi madre es más delicada, le encanta la naturaleza, es una persona muy cálida. Y mi padre es más complicado, con muchas preocupaciones, el tipo de persona que encuentras en una ciudad. Son dos personalidades diferentes retratadas en una misma película.
P. ¿Y porqué decidiste recurrir a la figura de tus padres?
R. Es la manera en la que me planteo hacer películas. Blissfully Yours es una película sobre mis convicciones acerca de lo que significa rodar una película, mirar ciertas situaciones y experimentar. Tropical Malady trata acerca de mi vida, mi sexualidad. Y entonces pensé que ya era hora de trabajar sobre el concepto de familia, y para mí la opción evidente era meditar en torno a la figura de mis padres. El cine, yo, mi familia. Creo que es una manera de completar el ciclo. Y también quería terminar la película de una forma optimista, positiva. Hoy en día, el cine está repleto de violencia, odio, celos, conflictos, armas… todos ellos se han convertido en ingredientes esenciales del cine contemporáneo. Para mí, es un reto eliminar todos esos elementos de mi cine. Quiero hablar fundamentalmente de recuerdos positivos. Busco una cierta transparencia. Soy consciente de que es una idea muy inocente, muy naíf, pero son mis convicciones.
P. ¿Y los malos recuerdos?
R. Los puse en mi anterior película, Tropical Malady.
P. En contraste con lo que comentabas acerca de la inocencia que embriaga tus películas, me parece que las últimas escenas de Syndromes, las del hospital de la ciudad, cuando lo muestras casi completamente vacío, lleno de tubos y mecanismos ortopédicos, sin gente… albergan algo realmente oscuro, casi apocalíptico. Me parece lo más tétrico y siniestro que has rodado.
R. Yo no lo siento así para nada. Para mí hay una belleza intrínseca en esos pasillos vacíos del hospital, la forma en la que se va modulando la luz, una cierta armonía en los espacios. Para mí, eso es bello.
P. ¿Y la última escena de la mujer? Ella está sola en la oficina, hay un cierto componente de tristeza.
R. Lo que me proponía era intentar comunicar la idea de una nueva generación, de un relevo generacional, que implica una cierta nostalgia. El edificio de la segunda parte había sido derruido y se volvió a construir uno nuevo encima. Pero en ningún momento me proponía juzgar el escenario o el contexto social urbano de una manera negativa. Las mujeres, tanto la mujer mayor como la joven de la segunda parte, puede que contengan unas ciertas pulsiones nostálgicas, pero en ningún caso hago una valoración negativa de esos sentimientos.
P. Es interesante que la película este fragmentada en dos partes. Pero me parece que observándola de una manera más detallada, se puede deducir que la fragmentación va mucho mas allá. De hecho, me parece interesante lo que comentabas acerca de la memoria, o el sueño. Me parece que desde Wordly Desires has empezado a utilizar esos referentes estructurales de una manera más explícita. ¿Sientes que vas a seguir trabajando con esos referentes?
R. Hasta el momento estoy muy fascinado con esa idea, de la fragmentación en dos o más partes y la apelación a los mecanismos de la memoria. Pero no sé exactamente qué voy a hacer en el futuro. Espero no volver a realizar otro díptico, tengo ganas de liberarme del concepto de las “dos películas en una” (risas). Pero bueno, ya veremos.
P. Creo que es la primera vez que usas actores que aparecían en tus anteriores largometrajes. Quizás me equivoco, pero creo que el personaje del monje es una continuación del personaje de Tong en Tropical Malady. Me refiero a que no sólo son el mismo actor, sino que es una evolución del anterior personaje.
R. Quizás el monje es Tong en una vida futura. De hecho, a veces el monje se refiere a Tong… aunque ahora que lo pienso, creo que lo intenta, pero no consigue convertir sus reflexiones en palabras.
P. Recuerdo que Tropical Malady empezaba con el descubrimiento del soldado muerto, al que disparaban en Blissfully Yours, tu anterior película. De alguna manera, parece haber una conexión entre todas tus películas, como si formasen un único flujo narrativo.

R. Sí. No sé si te acuerdas del final de Tropical Malady. Hay un plano de un árbol en mitad de la noche. Y así es exactamente como empieza Syndromes and a Century. Ese mismo árbol, pero ahora es de día. Y claro, Tong, el personaje de Tropical, se convierte en un monje en Síndromes, y casi puedes sentir que no está cómodo con su vida pasada. En un momento dice algo como que “no era humano, era un tigre”. De hecho, en el primer borrador de Syndromes, el monje se convertía, de nuevo, como Tong, en un tigre. El dentista entraba en su consulta y en vez de encontrarse al monje había un tigre (risas)… pero era demasiado caro alquilar un tigre y su domador, así que abandonamos la idea.
P. Toda la historia del dentista que además es cantante es muy divertida.
R. ¡Es una historia real! Me encontré a un tipo antes del rodaje, cuando estaba escribiendo, y me contó su historia, y le dije: “déjame ponerte en la película” y ahí está, aunque luego usamos a otro actor. Pero sí, me pareció alucinante la historia del dentista-cantante.
P. Tengo la impresión de que en esta película introduces más elementos humorísticos que en las anteriores. Aunque temo que quizás los percibimos como componentes cómicos porque desconocemos los códigos de la cultura tailandesa. Situaciones como la del hombre mayor pidiéndole a la doctora medicinas para luego venderlas tiene un punto delirante para mí, pero no sé cómo pueden ser percibidas por un tailandés.
R. Bueno, en el caso particular del monje mayor y la doctora, sí que pretendía apelar al humor. Quería que esta película fuese muy transparente, como un tesoro, y el humor es una de las cosas más bellas de nuestra existencia. No como en Tropical Malady, que es muy oscura.
P. Hay una escena que se sigue repitiendo en todas tus películas. La del actor que mira a cámara.
R. ¿En esta película también?
P. Sí, una de las mujeres mayores que están en el hospital de la segunda parte.
R. Sí, es verdad. Al final miró a cámara.
P. Esos planos tienen un efecto muy especial, misterioso. ¿Hay alguna lógica tras ese gesto?
R. Es una mezcla de lógica y puro instinto. Creo que cuando un personaje mira al espectador, está planteando un reto dirigido al otro lado de la pantalla. También es una ruptura en el interior de la película, en el tiempo. De repente el propio filme te golpea y despierta del sueño. Añade un componente de autoconciencia, te dice: “¡esto es una película!”. Pero al mismo tiempo apela a una cierta intimidad, te dice: “esto es para ti”. Y en este caso particular, me encantaba el rostro de esa mujer mayor, no sabría explicarte por qué.
P. ¿Cuales son tus proyectos futuros?
R. Estoy desarrollando un proyecto que se va a llamar Utopía. Se rodará en Canadá. Trata sobre un hombre que debe construir su propia historia. No tiene pasado, ni futuro, ni una lengua, ni una nacionalidad. La película tratará sobre la aventura de este hombre y de un monstruo que surge de las nieves. Tendrá mucha importancia el paisaje nevado. Hasta el momento estoy trabajando sobre esos conceptos. Todavía no sé de donde será el actor, quizás japonés.
P. A estas alturas de tu carrera, ¿qué lugar ocupa tu cine en el marco de la industria del cine tailandés?
R. Mis películas forman parte de un sector muy minoritario dentro de la industria. La mayor parte está dominada por el cine de entretenimiento, que se divide en los géneros de la comedia, el terror y la acción. Sólo esos tres. El público es muy limitado y está acostumbrado a esos productos. Ni tan sólo las historias de amor venden. Es un mercado muy difícil. Así que el tipo de películas que hago yo se sitúan en los límites de esa industria. Pero aún así, existe una movida de cineastas underground trabajando con el formato video de una forma independiente. Para hacer mis películas recibo sobretodo ayuda financiera del extranjero, luego se estrenan en muy pocos cines, como mucho tres, y tienen que coexistir con el cine industrial, pero en total desventaja. Son como infiltradas dentro del panorama general. Pero curiosamente, termino usando los mismos recursos (cámaras, equipo técnico) que las producciones industriales. Mi anterior película fue co-producida por un estudio tailandés. Dependiendo del proyecto, puedo contar con la ayuda de algún estudio local.
P. ¿Qué tal funciona tu productora, Kick the Machine?
R. Nosotros perseguimos trabajar en un contexto global, internacional. Es la única forma de sobrevivir. Queremos hacer cosas diferentes, y para ello necesitamos más espectadores de diferentes países. Está claro que una película como Syndromes no va a ser un éxito como lo puede ser una película mainstream, por eso tenemos que ir en busca tanto de financiación como de espectadores al extranjero. Tenemos que ir a Francia, o a México, o a Austria para recuperar lo invertido tanto en el plano financiero, como en lo referente a la recompensa artística.
P. Me parece interesante que estudiaras arquitectura antes de dedicarte al cine.
R. Bueno, siempre quise ser director de cine, pero en Tailandia es complicado estudiar arte en general. Así que opté por la arquitectura como una suerte de apoyo, y al final incluso me terminó interesando. Luego pude irme a los Estados Unidos y centrarme en mi vocación artística. Aún así, considero que de algún modo los principios arquitectónicos me han ayudado a mirar y estructurar el espacio a un nivel compositivo. Me ha ayudado a configurar mi sentido estético, de las formas.

Tren de sombras

19/10/2008

“The Wild Bunch ” (Grupo Salvaje, 1969), de Sam Peckinpah.

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The Wild Bunch (Final Shootout)

 

“THE WILD BUNCH: THE DIRECTOR’S CUT “ by Roger Ebert

 In an early scene of “The Wild Bunch,” the bunch rides into town past a crowd of children who are gathered with excitement around  their game. They have trapped a tarantula and are watching it being tortured by ants. The eyes of Pike (William Holden), leader of the bunch, briefly meet the eyes of one of the children. Later in the film, a member of the bunch named Angel is captured by Mexican rebels and dragged around the town square behind one of the first automobiles anyone there has seen. Children run after the car, laughing. Near the end of the film, Pike is shot by a little boy who gets his hands on a gun.

The message here is not subtle, but then Sam Peckinpah was not a subtle director, preferring sweeping gestures to small points. It is that the mantle of violence is passing from the old professionals like Pike and his bunch, who operate according to a code, into the hands of a new generation that learns to kill more impersonally, as a game, or with machines.

The movie takes place in 1913, on the eve of World War I. “We gotta start thinking beyond our guns,” one of the bunch observes. “Those days are closing fast.” And another, looking at the newfangler auto, says, “They’re gonna use them in the war, they say.” It is not a war that would have meaning within his intensely individual frame of reference; he knows loyalty to his bunch, and senses it is the end of his era.

 

This new version of “The Wild Bunch,” carefully restored to its original running time of 144 minutes, includes several scenes not widely seen since the movie had its world premiere in 1969. Most of them fill in details from the earlier life of Pike, including his guilt over betraying Thornton (Robert Ryan), who was once a member of the bunch but is now leading the posse of bounty hunters on their trail. Without these scenes, the movie seems more empty and existential, as if Pike and his men seek death after reaching the end of the trail. With them, Pike’s actions are more motivated: He feels unsure of himself and the role he plays.  I saw the original version at the world premiere in 1969, as part of a week-long boondoggle during which Warner Bros. screened five of its new films in the Bahamas for 450 critics and reporters.  It was party time, not the right venue for what became one of the most controversial films of its time – praised and condemned with  equal vehemence, like “Pulp Fiction.” At a press conference the following morning, Holden and Peckinpah hid behind dark glasses and deep scowls. After a reporter from Reader’s Digest got up to attack them for making the film, I stood up in defense; I felt, then and now, that “The Wild Bunch” is one of the great defining moments of modern movies.

But no one saw the 144-minute version for many years. It was cut. Not because of violence (only quiet scenes were removed), but because it was too long to be shown three times in an evening. It was successful, but it was read as a celebration of compulsive, mindless violence; see the uncut version, and you get a better idea of what Peckinpah was driving at. The movie is, first of all, about old and worn men. Holden and his fellow actors (Ernest Borgnine, Warren Oates, Edmund O’Brien, Ben Johnson and the wonderful Robert Ryan) look lined and bone-tired. They have been making a living by crime for many years, and although Ryan is now hired by the law, it is only under threat that he will return to jail if he doesn’t capture the bunch. The men provided to him by a railroad mogul are shifty and unreliable; they don’t understand the code of the bunch.

And what is that code? It’s not very pleasant. It says that you stand by your friends and against the world, that you wrest a criminal living from the banks, the railroads and the other places where the money is, and that while you don’t shoot at civilians unnecessarily, it is best if they don’t get in the way. The two great violent set-pieces in the movie involve a lot of civilians. One comes through a botched bank robbery at the beginning of the film, and the other comes at the end, where Pike looks at Angel’s body being dragged through the square, and says “God, I hate to see that,” and then later walks into a bordello and says, “Let’s go,” and everybody knows what he means, and they walk out and begin the suicidal showdown with the heavily armed rebels.  Lots of bystanders are killed in both sequences (one of the bunch picks a scrap from a woman’s dress off of his boot), but there is also cheap sentimentality, as when Pike gives gold to a prostitute with a child, before walking out to die.

 In between the action sequences (which also include the famous scene where a bridge is bombed out from beneath mounted soldiers), there is a lot of time for the male bonding that Peckinpah celebrated in most of his films. His men shoot, screw, drink, and ride horses.

 The quiet moments, with the firelight and the sad songs on the guitar and the sweet tender prostitutes, are like daydreams, with no standing in the bunch’s real world. This is not the kind of film that would likely be made today, but it represents its set of sad, empty values with real poetry. The undercurrent of the action in “The Wild Bunch” is the sheer meaninglessness of it all. The first bank robbery nets only a bag of iron washers – “a dollar’s worth of steel holes.” The train robbery is well-planned, but the bunch cannot hold onto their takings. And at the end, after the bloodshed, when the Robert Ryan character sits for hours outside the gate of the compound, just thinking, there is the payoff: A new gang is getting together, to see what jobs might be left to do. With a wry smile he gets up to join them. There is nothing else to do, not for a man with his background.

 The movie was photographed by Lucien Ballard, in dusty reds and golds and browns and shadows. The editing, by Lou Lombardo, uses slow motion to draw the violent scenes out into meditations on themselves. Every actor was perfectly cast to play exactly what he could play; even the small roles need no explanation. Peckinpah possibly identified with the wild bunch. Like them, he was an obsolete, violent, hard-drinking misfit with his own code, and did not fit easily into the new world of automobiles, and Hollywood studios.

 Seeing this restored version is like understanding the film at last. It is all there: Why Pike limps, what passed between Pike and Thornton in the old days, why Pike seems tortured by his thoughts and memories. Now, when we watch Ryan, as Thornton, sitting outside the gate and thinking, we know what he is remembering. It makes all the difference in the world.

(Copyright © Chicago Sun-Times Inc.)

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Biografía de Sam Peckinpah

Sam Peckinpah was a paradox who both cultivated and disdained his own legend as one of Hollywood’s most difficult directors, his often violent films evoked strong responses and varied, almost contradictory, readings. Born to a California legal clan, Peckinpah served in the Marine Corps and earned a master’s degree from U.S.C. in 1950. He spent his early career as a theater and television director before becoming an assistant on five films to director Don Siegel, famed for his hard-bitten action films (Peckinpah even played a small part in Siegel’s Invasion of the Body Snatchers, 1956). Peckinpah soon became associated with the western genre, writing and directing episodes of “Gunsmoke”, “The Rifleman”, “The Westerner” and other TV series. His 1957 script on the legend of Billy the Kid eventually became, without his participation and with many changes, Marlon Brando’s eccentric One-Eyed Jacks (1961). 

Peckinpah’s first film as a director, The Deadly Companions (1961), plus Ride the High Country (1962), Major Dundee (1965), The Wild Bunch (1969) and Pat Garrett and Billy the Kid (1973) form an arc in the stylistic span of outlaw mythology; among other accomplishments, they raised to the level of perverse sacrament the male gesture of mutual respect that supersedes fear of death. His “semi-westerns,” The Ballad of Cable Hogue (1970) and the director’s personal favorite, Junior Bonner (1972), extended his theme of the demise of a noble way of life in the face of a modern world. The Getaway (1972) and Convoy (1978) put contemporary anti-heroes ahead of as well as outside the law. Perhaps his most controversial film was Straw Dogs (1971); the inevitable brutality of its protagonist, ostensibly a man of reason, offers a metaphor on the ancient bent of the human psyche vis-à-vis personal territory and blood rites. Bring Me the Head of Alfredo Garcia (1974), reputedly autobiographical, was a psychodrama refracted through a tequila haze, a saga of a loner/artiste who reaps the grotesque wages of sin on a desperate trek of atonement. Peckinpah’s distrust of policymakers was reflected in The Killer Elite (1975) and his last film, The Osterman Weekend (1983), both essays on vicious tactics and dissolute friendship in the CIA. Cross of Iron (1977), Peckinpah’s largest production, is a fiercely edited view of World War II slaughter where the Wehrmacht wear the patented scars of his honorable killers. 

Few directors have had more conflict with studio heads and producers than Peckinpah. Feuds over the content and final cuts of Major Dundee (after which Peckinpah was blacklisted for three years), The Wild Bunch and Pat Garrett and Billy the Kid (1973) are the stuff of Hollywood legend. Critical response to his work has often been as violent as the films themselves, with Peckinpah frequently berated for demeaning women and excessively glorifying male exploits. On an aesthetic level, Peckinpah is celebrated for his slow motion furies, first employed in a 1963 entry of TV’s “Dick Powell Theater” called “The Losers,” exercised to startling effect in The Wild Bunch, but somewhat overused in subsequent work. “Cathartic violence” was a term that seemed coined to define his iconoclastic postures. In Peckinpah’s Conradian scheme that mixes nobility with tragedy, all are guilty to some degree and all have their reasons. His work typically exists on a skewed moral plane between eras and cultures, with ambiguous quests for identity and redemption undertaken by hopelessly lost outcasts and enemies. He vividly defines the thin line between internal conflict and external action, and, perhaps most importantly, the violent displacement of a false code of honor (and law itself) by another more enduring and devout. 

As thorny as his relationships with producers and executives were, Peckinpah could inspire extraordinary loyalty among actors and technicians. An ensemble of notable Peckinpah players would include David Warner, Warren Oates, L.Q. Jones, Strother Martin, James Coburn, Kris Kristofferson and Ben Johnson. Peckinpah also enjoyed repeated and fruitful collaborations with cinematographers Lucien Ballard and John Coquillon and composer Jerry Fielding.

“Copyright (c) 1993, Microsoft Corp.”

“Grupo Salvaje” en IMDB

18/10/2008

“Programación de la Cinemateca de Cuba, Noviembre 2008″

Archivado en: Certámenes — max @ 7:55 am

Cinemateca de Cuba

Calle 23 No. 1155 Vedado Habana Cuba. Tel. (537) 55-2844 Fax (537) 55-1188 e-mail: cinemateca@icaic.cu programador: espec2@icaic.cu

Miembro de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos [FIAF] y de la Coordinadora Latinoamericana de Archivos de Imágenes en Movimiento [CLAIM].

Cine Chaplin, Calle 23 e/ 10 y 12, Vedado. Tlf. 831-1101

NOVIEMBRE 1-26, 2008

Programa

16/10/2008

Roberto Cueto: “Breve introducción al cine policiaco japonés”

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LOS MATICES DEL NEGRO

Cualquier etiqueta o denominación genérica que utilicemos para definir cierto tipo de películas es un arma de doble filo: por un lado, nos permite una manera rápida de identificación y nos asegura la fácil comprensión de aquello a lo que nos referimos; pero, por otro, corremos el riesgo de crear un difuso corpus de títulos que borra diferencias, peculiaridades y variantes. En realidad, emplear con cierta naturalidad una denominación como la de “cine negro” es siempre un acto mucho más sencillo que el de pararse a explicarla. La sola mención del término concita rápidamente en el oyente una serie de imágenes estereotipadas:  ambientes urbanos y nocturnos, tipos duros, mujeres fatales, corrupción y violencia… Pero en realidad, no podemos obviar que el concepto noir no deja de ser, como señala uno de los autores que participan en este volumen, Antonio Weinrichter, un “artefacto” creado a posteriori por críticos e historiadores: “No hay acuerdo respecto a si es o no un género, si es un estilo, un tono o una coloración, si es un ciclo, o un simple reflejo de un momento histórico, si es una creación americana…. La misma indecisión de criterios a la hora de definir sus características genera problemas a la hora de proponer un listado de títulos que puedan adscribirse a esa etiqueta: para autores como Raymond Borde y Étienne Chaumeton todo se reduce a la idea del “film de muerte” y al punto de vista del criminal; Paul Schrader afirma que el género “no se define por convenciones de escenario y conflicto, sino por sutiles cualidades de tono y atmósfera; es un film noir en oposición a las posibles variantes de película gris o blanquecina, al tiempo que establece una rígida periodización que cubre apenas un período de diecisiete años (1941-1958); hay criterios que se basan exclusivamente en cuestiones de puesta en escena (iluminaciones contrastadas, disposición oblicua de líneas, composiciones desequilibradas, elementos que enmarcan y constriñen a los personajes), mientras que otros son directamente semánticos (ingredientes como el crimen y la corrupción o personajes-tipo como el detective privado, el falso culpable o la mujer fatal).

Cat Girls Gamblers (Toba no mesuneko)

 

Los problemas se hacen mayores aún cuando, como es el caso, tratamos con variantes locales de un modelo que se entiende como canónico. Partamos de la base de que al hablar de film noir nos estamos circunscribiendo al cine americano. Y, sin embargo, ha sido un género felizmente trasplantado a otras latitudes: Gran Bretaña, Francia, Italia e incluso España tienen su propia tradición de cine policiaco y criminal. De alguna manera, el propio término noir ha viajado incorporado a las tramas y personajes típicas del género: podemos así hablar de “cine negro francés”, “cine negro inglés”, “cine negro español”… Aunque también es cierto que film noir sigue siendo preferiblemente empleado con referencia al cine americano y que esos dialectos europeos suelen conocerse mediante denominaciones de origen que establecen su filiación con el original, al tiempo que remarcan su especificidad para distinguirlo de él: hablamos de british thriller, policier (o polar para los amigos) francés, polizesco italiano… Y surge la pregunta que da sentido (o no ) a este libro: ¿podemos hablar de un “cine negro japonés”?

Asumamos una licencia poética a la que todos los participantes en este volumen hemos terminado por recurrir de un modo u otro. Una licencia que se nos podrá cuestionar, sin duda, pero también perdonar en nuestro intento por ofrecer una útil introducción al género que nos ocupa antes que una sesuda reflexión sobre él. Por el adjetivo noir entenderemos, antes que nada, la idea de ‘criminal’, es decir, un concepto muy amplio y flexible que incorpora todas las posibles expresiones de la delincuencia y la lucha contra ella que se dan en la sociedad urbana del siglo XX. Lo que proponemos es esa perspectiva de Japón desde su “lado oscuro”, a través de un filtro “negro”: retratos del hampa, melodramas criminales, películas sobre convictos y delincuentes, investigaciones criminales, etc. Es, desde luego, un empleo muy permisivo, casi promiscuo, del término, ya que no atiende a esas cuestiones de puesta en escena, atmósfera o tono que han defendido los más rigurosos estudios sobre film noir; se basa más en criterios de trama, conflicto y narración. E incluso así, en el caso concreto del cine japonés, ni siquiera una idea tan generosa de ese “Japón en negro” sirve para cubrir todo el espectro que analizaremos en estas páginas: nuestra definición dejaría fuera, por ejemplo, a parte importante de un subgénero tan prolífico y tan arraigado en la cultura local como el ninkyo eiga, es decir, las películas sobre los yakuza. Como varios de los autores aquí reunidos se encargan de explicar, los yakuza japoneses que aparecen en este tipo de películas, pese a ser los homólogos locales de los gángsters y los mafiosos italoamericanos, están más cerca de los samuráis que protagonizaba el cine chambara o las películas de época (jidai geki). Evidentemente, sería imposible calificar a estas cintas como noir, pero no es menos cierto que representan una aportación muy importante a la hora de hablar de cierta tradición autóctona que trabajaba con algunos elementos comunes al género: la delincuencia organizada en clanes y bandas, el héroe solitario que ha salido de prisión o las inevitables escenas de violencia. Aunque títulos mencionados en este libro como A Diary of Chuji’s Travels (Chuji tabi nikki: Goyo hen, Daisuke Ito, 1927) u Orochi (Buntaro Futagawa, 1925) están más cerca de los relatos de bandoleros o del cine de aventuras, es importante considerarlos como un poderoso sustrato que propiciará variantes específicamente niponas del género de temática criminal.

Si hablamos de sustrato hablamos, pues, de terreno abonado, de un suelo en el que germinan frutos muy diferentes de lo que cabría esperar de las semillas originales. Varias de las manifestaciones del cine de temática criminal difícilmente podrían emparentarse con nuestra idea de film noir, pero precisamente por eso nos interesa su constatación: para ver cómo asuntos en principio universales como el crimen, el delito y la corrupción encuentran su sitio en subgéneros concretos que sólo determinados contextos históricos y sociales pueden producir. Las películas de sukeban (cine de delincuencia femenina), por ejemplo, son cintas de temática criminal y urbana sometidas a un extremo grado de hibridación: en ellas conviven el melodrama, el western, la violencia endémica del noir, el sadismo y el erotismo, todo ello envuelto en una furibunda y luminosa estética pop que poco tiene que ver con los claroscuros del género clásico. Incluso la mujer fatal del film noir americano se aleja de la heroína habitual en estas cintas japonesas: como bien indica Sadao Yamane en su esclarecedor artículo dedicado al tema, la vocación hard boiled de las “chicas malas” del cine japonés se expresa, paradójicamente, mediante la conversión de su cuerpo en objeto para satisfacer el deseo del hombre; o, dicho de otro modo, en lugar de afirmar su feminidad como arma con la que establecer una activa negociación con el hombre y llevarlo a la destrucción (actitud típica de la clásica femme fatale occidental), las heroínas niponas se rinden sumisas para luego vengar esa humillación mediante un brutal estallido de violencia. Otros subgéneros heredados del cine americano, como el drama carcelario, pueden encontrar en Japón desde expresiones bastante ortodoxas (como la célebre y melodramática saga sobre cárceles masculinas Abashiri Prison) hasta aportaciones tan delirantes, estilizadas y difícilmente clasificables como son las fantasías sobre prisiones femeninas (representadas por otra popular saga, Female Prisoner # 701: Scorpion). El cine exploit japonés llevó al género por caminos insospechados, y nadie dudará que la supuesta filiación con el noir original sea hace progresivamente más vaga y difusa, incluso aberrante. Pero, por otra parte, seguimos pensando que un libro que no diera cuenta de estas pintorescas variantes no podría trazar un adecuado panorama de ese fenómeno aún por descubrir que es el cine policiaco y/o criminal en Japón.

The 893 Gang (Gang 893 gurentai)

Es interesante constatar también, como hace el cineasta Kaizo Hayashi en su artículo, cómo Japón no ha conseguido integrar del todo en su cine a una figura tan emblemática del film noir clásico como es el detective privado. O por qué el cine nipón parece sentir especial interés por las tramas de policial procedure (“procedimiento policial”), es decir, esa vertiente del género centrada en los avatares de la investigación policial que Borde y Chaumeton no consideraban como parte del noi,  o que Schrader veía como un período concreto de la evolución del género.  Kyoko Hirano explica la influencia del neorrealismo y de la corriente “realista” del policiaco americano en el film de Akira Kurosawa El perro rabioso (Nora inu, 1949), y no parece casualidad que para El infierno del odio (Tengoku to jigoku, 1963), el cineasta recurriera a una novela de Ed McBain, maestro indiscutible del policial procedure. En las películas de temática criminal de un maestro del género como es Yoshitaro Nomura, desde Stakeout  (Harikomi, 1958) hasta El castillo de arena (Sunna no utsuwa, 1974), también encontraremos similar pasión por los mecanismos de la investigación, por la paciencia recompensada, por la tenacidad del buscador de la verdad.

Esto no significa que no existiera en cierto cine japonés verdadera conciencia de un estilo noir a la americana. En cintas del período mudo como Dragnet Girl (Hijosen no onna, 1933), dirigida por Yasujiro Ozu, o Police Officer (Keisatsukan, 1933), de Tomu Uchida, es evidente la directa relación que se establece entre un Japón que despierta a la modernidad y el crimen urbano: motocicletas y automóviles, hombres vestidos con americana y sombrero, clubs de jazz, mujeres que imitan a la femme fatale occidental… En Dragnet Girl, Ozu no sólo filma los que posiblemente sean los planos más “veloces” de toda su carrera (un coche filmado desde sus faros delanteros), sino que establece una clara dicotomía entre un Japón tradicional y otro moderno sujeto a la influencia foránea y, por tanto, más vulnerable al crimen: el protagonista, Joji, es un hampón (yotamono) que se debate entre el amor que siente por Kazuko, una bondadosa chica vestida con el tradicional kimono y la pasión que despierta en él Tokiko, otra joven que, vestida a la occidental, cumple los requisitos de la típica “chica del gángster”; en una escena del film, Tokiko le dirá a Joji que abandone sus esperanzas respecto a Kazuko porque “nosotros no somos como ellos”. Mediante una lúcida percepción de sí mismos (que también podría verse como apunte metacinematográfico), esos personajes heredados del gangster film hollywoodiense son conscientes de su condición de cuerpos extraños dentro de la sociedad (o la ficción) tradicional nipona. Si en Dragnet Girl la presencia de la delincuencia no deja de verse como un “otro” foráneo que amenaza la estabilidad de la milenaria sociedad japonesa, Police Officer permite, en cambio, una integración más natural de ese elemento en una crónica que viene a explicar al crimen como mal endémico de las sociedades modernas: la solución será, por tanto, un cuerpo policial también moderno y eficaz en su lucha contra el delito. Esa tendencia volverá a hacerse patente tras el paréntesis que supuso la II Guerra Mundial, cuando Kurosawa tome como punto de partida para El perro rabioso la cinta de Jules Dassin La ciudad desnuda (The Naked City, 1948), abriendo así una rica veta cinematográfica que aprenderá de los modelos americanos para retratar crímenes muy japoneses; otro claro ejemplo es el homenaje que Shohei Imamura prodiga al noir americano con Endless Desire (Hateshinaki yokubo, 1958), retrato de una picaresca totalmente arraigada en la cultura nipona. Y encontraremos otros rasgos autóctonos muy marcados, por mucho que el modelo a seguir sea occidental: el conflicto melodramático sobre el que se sustenta Police Officer o el dilema moral planteado en El perro rabioso no son más que nuevas vueltas de tuerca al eterno combate entre deber y sentimientos personales (giri/ninjo) sobre el que se sustenta gran parte de la ficción popular japonesa. Y en su artículo sobre el cine criminal japonés de la época muda, Hiroshi Komatsu destaca cierta especificidad local que tiene como base la religión budista y la moral confucionista.

The Revenge A Scar Never Dissapears (Fukushu the Revenge Kienai Kizuato)

Hemos elegido, como manera de trazar ese recorrido por las múltiples variaciones (y muchas veces desviaciones) que ofrece el cine criminal japonés, un criterio cronológico que nos parecía el más útil para el lector no iniciado. A través de las aportaciones de los autores aquí reunidos, descubriremos esos matices, gradaciones y subversiones del negro. Será el color a través del cual contemplaremos la evolución de la sociedad japonesa del siglo XX, desde su despertar a la modernidad al desbarajuste posmoderno, pasando por los traumas de la II Guerra Mundial o las convulsiones sociales y políticas de las décadas de los 60 y 70: el cine mudo y su incipente tratamiento de la temática criminal; la posguerra y el descubrimiento del film noir americano; la era dorada del cine yakuza y sus retratos de héroes caballerescos; la transgresión de ese modelo mediante el jitsuroku eiga o cine yakuza “realista”; la revisión que hizo el cine de la modernidad del género para pervertirlo o conferirle un nuevo sentido; las increíbles expresiones en las que derivó el género en su vertiente más consumista y oportunista en la década de los 70; y la revitalización de que ha sido objeto en la década de los 90 gracias a una nueva de generación de cineastas que han recuperado el interés por la cinematografía japonesa en occidente. Como punto de vista complementario a esta perspectiva historicista, nos interesaba también constatar el tratamiento específico que ciertos elementos característicos del film noir han adquirido en el singular contexto del cine japonés: la mujer, el policía o el detective privado tal y como los entiende la cultura japonesa se convierten así en emblemas de ese suelo del que han brotado todo tipo de frutos: extraños, mutantes, sorprendentes y, algunos de ellos, muy valiosos.

Antes de terminar, es necesario explicar el criterio que hemos seguido para citar los títulos de las películas a lo largo del libro. Pensando en el lector occidental, hemos optado por facilitarle la lectura y referir en primer lugar en negrita el título internacional inglés o el título español (en los pocos casos en que el film se ha estrenado en salas de cine o se ha editado en DVD en nuestro país), seguido del título original japonés en cursiva, además de su director y fecha de realización. En el caso de que la película carezca de título internacional o español, se referirá en negrita su título japonés seguido de una traducción literal entre corchetes (que no indica su estreno en España, sino precisamente todo lo contrario). Con respecto a la cita de nombres propios, no se respetará el modelo japonés, sino que se empleará en todo el libro el orden occidental, es decir, nombre de pila seguido de apellido.

Por último, dejar constancia de nuestro más sincero agradecimiento a todas las personas que, de un modo u otro, han contribuido a que este libro viera la luz: Yuri Kubota ha hecho que las relaciones España-Japón fueran fluidas y cordiales, y sin ella no hubiéramos podido contar con varios de los autores aquí reunidos; Kyoko Hirano e Ignacio Huidobro han aportado útiles sugerencias y recomendaciones para el diseño del libro; lo mismo ha hecho Daniel Aguilar, quien, además, nos ha proporcionado valioso material gráfico; gracias al ímprobo esfuerzo de Alfonso López este libro va acompañado de un magnífica retrospectiva de películas en la 56 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián; y, por supuesto, a todos los autores que han puesto su erudición y su pasión al servicio de este proyecto, que confiamos en que sea un grano de arena más en nuestro progresivo conocimiento del cine japonés.

 

[1] Antonio Weinrichter: “Fundido a negro: La oscura fascinación del film noir”, en: Jesús Palacios & Antonio Weinrichter (eds.): Gun Crazy. Seria negra se escribe con B. T&B Editores / Festival Internacional de Cine de Las Palmas, Madrid, 2005, p. 80.

[1] Paul Schrader: “Notas sobre el film noir”, en Jesús Palacios & Antonio Weinrichter (eds.), op. cit., p. 307.

Fotos del libro”Japón En Negro” (Japanese Film Noir)

15/10/2008

“Moulin Rouge”

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José María Latorre: “El ojo implacable del objetivo”

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ABC (ABCD)

Hay tres filmes que por sí solos justifican el prestigio que disfrutó entre los críticos (y continúa disfrutando) Roberto Rossellini: Roma, ciudad abierta, Te querré siempre y Alemania año cero. Fue en este último donde el cineasta llevó al extremo su forma de armonizar mirada testimonial y mirada subjetiva con la intención de (según sus propias palabras), «no juzgar al pueblo alemán sino simplemente constatar unos hechos».

Rodado en el Berlín de 1947, las primeras imágenes muestran la ciudad en ruinas con una vivaz alternancia de panorámicas y travellings; luego aparecen varias personas cavando en un cementerio en busca de objetos para vender en el mercado negro; entre ellas hay un niño, Edmund, a quien los otros expulsan de allí por no tener la cartilla de trabajo ni la edad suficiente. La cámara le sigue en su deambular por las calles.

Dos miradas. En esa elección del protagonista queda formulada la intención de combinar dos miradas distintas. Habitualmente, el neorrealismo en su vertiente qualunquista parecía elegir a un personaje cualquiera, «extraído de la calle», sorprendido por la cámara como por azar, con el fin de seguir sus pasos y vicisitudes en una realidad conflictiva; pero lo que hizo Rossellini fue combinar el documento y la mirada subjetiva (la difícil vida colectiva en una ciudad asolada por la guerra y la odisea personal de un niño de doce años que ha sido elegido de entre un grupo de adultos).

Para los fragmentos en los que la idea de lo colectivo pesaba más sobre la escena, Rossellini utilizó encuadres amplios, mostrando las calles y los edificios en plano general, mientras que cuando servía a la idea de lo individual (el niño Edmund), seguía de cerca con la cámara el movimiento de los actores, acosándolos en su miseria (todas las secuencias desarrolladas en la casa donde viven cinco familias, entre ellas la de Edmund, formada por su padre enfermo, su hermano, ex militante nazi, y su hermana, que se prostituye con los soldados americanos para conseguir algo de dinero).

Angustia. La cámara pasa de uno a otro, de acuerdo con la idea, expresada por el propio Rossellini, de que «la angustia contemporánea deriva de no poder rechazar el implacable ojo del objetivo». Es angustiosa la forma con que los personajes son seguidos y perseguidos por la cámara, sobre todo en la terrible secuencia en que Edmund envenena a su padre creyendo que obedece a las indicaciones de su antiguo maestro, un fervoroso del ideario nazi, cuyos ecos todavía se detectan en una ciudad donde ya sólo hay espacio para la prostitución, la estafa y la miseria, y en la odisea de un niño endurecido, triste, que tras haber cometido el crimen y verse rechazado hasta por otros niños, sólo ve salida a su confusión y soledad por medio del suicidio, cuyo naturalismo y sequedad hacen pensar en el Robert Bresson de Mouchette.

Roberto Rosellini dijo en su día que con Alemania año cero se había propuesto expresar su rechazo a las ideologías totalitarias y que se sentiría satisfecho si conseguía que los niños volvieran a amar la vida. La película es terrible y posee una vibración dramática y un sentido de lo directo propios de quien está firmemente convencido de la necesidad de expresarlo.

03/10/2008

Japón en Negro (Japanese Film Noir)

Archivado en: Libros — max @ 7:16 am
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Edición: Roberto Cueto

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